sábado, 10 de septiembre de 2016

Los clérigos huyen a Bélgica

Tournai, al suroeste de Bélgica


A principios del siglo XX el gobierno francés, de la mano de Émile Combes, aplica una política anticlerical que va a obligar a muchos clérigos a abandonar Francia en dirección, sobre todo, a Bélgica. Combes había nacido en 1835 en la villa sureña de Roquecourbe.

No había sido el primero en estas ideas, que heredó de Waldeck-Rousseau, impulsor de una ley de asociaciones en 1901. En los próximos años muchos colegios religiosos fueron cerrados considerando el Estado que la enseñanza era una función esencialmente pública. Desde ese momento Bélgica, España, Italia, Inglaterra y Suiza fueron los principales países a donde llegaron clérigos franceses.

La emigración a Bélgica, según Sofie Leplae fue una solución provisional e intermedia, mientras se esperaba la vuelta a Francia o la partida a un país más lejano. Algunas de las congregaciones religiosas abandonaron Europa y conocieron tiempos de gran prosperidad. Los primeros religiosos que abandonaron Francia fueron los asuncionistas, condenados durante el “proceso de los doce” en 1900, precedente de la ley de asociaciones. En los años siguientes iban siendo cerrados centros religiosos y confiscados por el Estado sus establecimientos. Jean Stengers ha subrayado la reputación de Bélgica en el siglo XIX como “tierra de acogida”.

En cuanto al reparto geográfico de los religiosos franceses emigrados a Bélgica, según Sofie Leplae, fue siguiendo criterios de proximidad: primero las regiones más próximas a Francia, las del sur de Bélgica (Mouscron, Tournai, Mons, Charleroi, Dinant, Cinei, Daverdisse…). También fueron importantes Namur y Hamois y, en el norte, Amberes, Gante y, en menor grado, Brujas.

Desde 1814 hasta la primera guerra mundial Bélgica estuvo gobernada por católicos, pero los exiliados franceses no fueron acogidos con los brazos abiertos. La oposición liberal y socialita salió reforzada por la introducción, en 1893, del sufragio masculino proporcional y el gobierno de Smet-de Naeyer, establecido en 1899, era conservador y poco inclinado a una política social o demasiado clerical. La victoria de los republicanos en Francia en 1902 y la llegada al poder de Combes, tuvieron bastante eco en Bélgica, donde los liberales y socialistas comenzaron a soñar con una victoria del anticlericalismo.

Ya en 1901 el senador liberal moderado Oswald de Kerchove de Denterghem pidió al Senado una intervención de la Santa Sede contra el establecimiento de conventos en Bélgica. De lo que se trataba era de evitar que no sufriesen, los conventos dedicados a la enseñanza en dicho país, la competencia de los franceses. Por otra parte consideraba que los municipios belgas no podrían echarse encima la responsabilidad de atender a las fábricas de más iglesias.

El episcopado belga, por su parte, había decidido no autorizar, sino bajo ciertas condiciones, más establecimientos de comunidades extranjeras. Las discusiones se concentraron sobre todo en torno a la cuestión financiera, concretamente sobre las manos muertas y el voto de pobreza. El gobierno belga, aunque defendía en público a los clérigos inmigrantes franceses, pidió al Vaticano y a los obispos que limitasen el número de los inmigrados.


viernes, 9 de septiembre de 2016

El lienzo de Quauhquecholan

Se trata de una parte del lienzo


Está pintado en una tela grande hecha de diferentes piezas de algodón cosidas entre sí. Mide 2,35 por 3,25 metros y en la actualidad se encuentra en el Museo de la Casa del Alfeñique de Puebla, México[1]. Se compuso en el siglo XVI y fue obra de los conquistadores indígenas que ayudaron a los españoles de Pedro de Alvarado a someter a otros indígenas en el área de Guatemala.

El Lienzo de Quauhquecholan es un mapa histórico donde se muestran algunos elementos prehispánicos, como por ejemplo los cerros en forma de campana y las convenciones para los caminos, los ríos y los manantiales. La presencia de españoles y caballos muestra que tuvo que ser realizado cuando ya aquellos habían pisado suelo americano: mientras que en las pictografías prehispánicas las direcciones de los caminos están indicadas por huellas de pies humanos, ahora se representan tanto por estas como por las de cascos de caballos. El lienzo no muestra ninguna iglesia, a no ser una capilla, lo cual sugiere una fecha bastante temprana de creación.

Según la autora citada hubo grupos mexicas del área central que colaboraron con los españoles en la conquista de Guatemala, particularmente los quauhquecholtecas. En la segunda parte del siglo XVI estos conquistadores o sus descendientes crearon el lienzo del que aquí hablamos, y se representaron a sí mismos con piel más blanca que los indígenas conquistados, quizá para asemejarse a los conquistadores españoles dominantes. En cuanto a la razón de la composición del lienzo quizá fue reclamar la exención del tributo, pues hay muchas reclamaciones similares hechas por grupos mexicas y guatemaltecos que ayudaron a la conquista e insistieron en sus privilegios. La mayoría de estas reclamaciones son del período entre 1540 y 1570, existiendo una pintura mexica con tema similar, el lienzo de Tlaxcala, el cual se cree hecho en dicha ciudad en torno a 1550. Presenta las conquistas de numerosos pueblos de Mesoamérica, en las cuales la elite tlaxcalteca afirmó haber ayudado a los españoles en calidad de aliados militares.

Los quauhquecholtecas se establecieron en Guatemala y crearon barrios mexicas en Totonicapán[2], Sonsonate[3], San Salvador y San Miguel (El Salvador), Ciudad Real (Chiapas, México) y Antequera (Oaxaca, México). En Guatemala se sabe que Almolonga[4] y más tarde los barrios de Santo Domingo y San Francisco, en la ciudad de Santiago de Guatemala, fueron los principales centros de población mexica en el siglo XVI y durante el resto del período colonial. Estos quauhquecholtecas sirvieron bajo el mando de Jorge de Alvarado, hermano de Pedro, quien fundó la ciudad de Santiago de Almolonga.

A partir de aquí hubo una inmigración desde México hasta Guatemala, pues los quauhquecholtecas hicieron venir a sus familias para poblar las nuevas tierras para ellos. La mayoría eran muy pobres y vivieron subordinados a los españoles. En situación similar se encontraron los tlaxcaltecas de Guatemala.

En el lienzo se usaron nombres nahualt para referirse a los pueblos, y la escena más prominente es el glifo o signo de Quauhquecholan y la llegada de los españoles. Por encima del glifo hay una corona, la cual indica que el pueblo estaba sometido al gobierno español, pero en la época prehispánica ya se conocía el águila de dos cabezas, lo que no hay que confundir con el águila bicéfala de los Austrias. A su llegada en 1520, Cortés había dado ya una impresión por escrito de Quauhquecholan:

… está asentada en un llano, arrimada por una parte a unos muy altos y ásperos cerros, y por la otra todo el llano la cercan dos ríos… Y toda la ciudad está cercada de muy fuerte muro de cal… En toda la cerca tienen mucha cantidad de piedras grandes y pequeñas… Será esta ciudad de hasta cinco o seis mil vecinos, y tendrá de aldeas a ella sujetas otros tantos más. Tiene un gran sitio, porque dentro de ella hay muchas huertas y frutas y flores a su costumbre[5].

En el lienzo se puede ver al río Huitzilac fluyendo por entre los muros, y debajo del glifo de Quauhquecholan se ve el encuentro entre los quauhquecholtecas y los españoles. En la década de 1530 esta comunidad fue otorgada en encomienda a Jorge de Alvarado, quien la conservó hasta su muerte y fue heredada por su hijo y más tarde por su nieto.

(Puede verse un mapa dinámico muy útil en http://webmaplienzo.ufm.edu/lienzo/)


[1] Florine Asselbergs, “La conquista de Guatemala: nuevas perspectivas…”.
[2] Al oeste de la actual Guatemala.
[3] Al oeste del actual El Salvador.
[4] Al oeste de la actual Guatemala.
[5] “Cartas de relación…”. Citada por la autora a quien sigo.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Judios palentinos

Cisneros (Palencia)


Según Pilar León Tello[1] a partir del siglo VIII se fu eron arruinando las ciudades y villas de Tierra de Campos, mientras que la dominación musulmana fue demasiado efímera para dejar huella suficiente. En un privilegio de finales de 1059 el rey Fernando I dice que la desolación de Palencia había durado más de trescientos años y al pasar estos dominios a su gobierno pasan también grandes zonas pobladas de antiguo por judíos.

El rey favoreció la inmigración de pobladores entre los que se encontraron judíos que, para el caso de Palencia, se asentaron junto a la iglesia de San Julián, de época visigótica. Restos arqueológicos de fines del siglo XI delatan la presencia de judíos en Monzón y en los principales lugares jacobeos (Frómista, Villasirga y Carrión) también vivieron judíos, que gozaron de la inmunidad real.

El resto de la población, entonces, empezó a recelar del incremento social y económico de los judíos y se llegó a luchas civiles en tiempos de la reina Urraca, adictos los judíos a su esposo Alfonso I “el batallador”. Más tarde el rey Alfonso VII otorgó perdón a los vecinos de Saldaña, Carrión y el valle de Cisneros por los desmanes que habían cometido en aquellas luchas, matando a los judíos y robándoles sus haciendas; también habían destruido palacios para apoderarse del pan, del vino y los metales preciosos que allí había.

Bajo el reinado de dicho rey el número de judíos aumentó en Castilla, muchos de los cuales fueron obligados a la conversión forzosa al cristianismo. En el fuero que el monarca concedió a los habitantes de Astudillo, se equiparaba a los judíos a los cristianos “en el precio de la sangre” (en caso de asesinatos). En Carrión, donde se había establecido una puebla numerosa de judíos, también disfrutaron de fuero especial. Ello no evitó que en esta villa tuviese lugar una violenta disputa religiosa entre los judíos tradicionales o rabbanitas y los caraitas, los primeros partidarios de seguir a los rabinos y los segundos seguidores de la tradición saducea, que tenían como norma atenerse a la letra del texto sagrado. Esta corriente había sido importada de oriente por Aben Altarás.

A pesar de haber sufrido expulsiones con anterioridad, los caraitas siguieron existiendo y el rey Alfonso VII tomó medidas represivas contra ellos. El episodio de Carrión está narrado en el “Mostrador de justicia”, del converso Alfonso de Valladolid, y en el “Fortalitium fidei”, del también converso Alfonso de Espina. Surgió la polémica para decidir sobre la pena que debía aplicarse a un judío rabbanita que había encendido fuego públicamente en sábado, contra los preceptos bíblicos; la comunidad de Carrión, compuesta en su mayor por caraitas, intentó condenarlo a muerte acudiendo para la aplicación de la sentencia al rabino de Burgos, pero el rey revocó el castigo y decidió la supresión total de los caraitas en sus reinos.

Otro núcleo importante de judíos estaba en Aguilar de Campoo; muy conocidos por su interés filológico. En cuanto a Palencia se extendieron más allá de su recinto primitivo. Al frente de la ciudad estaba el obispo Raimundo, tio del rey, a quien este recompensó dándole en 1175 cuarenta familias judías a cambio de la mitad de Amusco[2], que pasó a poder la Orden de Calatrava. En cuanto al resto, ningún vecino de Palencia podía tener vasallos judíos excepto el cabildo y más tarde obtiene el obispo los pechos de todos los moros y judíos que habitaban Palencia.

En 1192 un nuevo privilegio real dispuso que también moros y judíos contribuyesen a las obras de muros y fosos que construía el municipio para ensanchar los límites urbanos. De aquí nació un largo conflicto de jurisdicción entre las autoridades eclesiásticas y el concejo.

Como vasallos de monasterios, estaban los judíos del barrio de San Zoilo, en Carrión, y el rey Fernando II dio vasallos judíos de Dueñas a la abadesa de las Huelgas de Burgos. Más tarde se prohibió que los judíos del reino tuviesen alcaldes apartados, encargando la justicia a los hombres buenos que el rey designase. El número de aljamas que había entonces en tierras palentinas se deduce porque Palencia debía tributar, en 1290, 33.280 maravedíes, la mitad de los cuales los percibía el obispo; a la judería de Carrión con Saldaña y Monzón correspondía tributar 73.480 maravedíes; a la de Paredes de Nava y Cisneros 41.985; a la de Tariego[3] 2.030; a la de Dueñas 1.829 y a la de Aguilar 8.600 maravedíes.


[1] “Los judíos de Palencia”.
[2] Al norte de la ciudad de Palencia.
[3] A orillas del Pisuerga, en la comarca del Cerrato.

El marqués de Melgarejo en Vara del Rey

Casa de Ayuntamiento de Vara del Rey (Cuenca)

Según ha investigado Thomas Chistiansen[1] la paz social en el campo español –él ha estudiado el caso de la provincia de Cuenca- no ha sido tal a pesar de la dura represión que se padeció, en todos los ámbitos, durante el régimen franquista. Cierto que las protestas y reivindicaciones no tenían carácter político, sino que más bien expresaban la contradicción entre los problemas y necesidades de los campesinos en un país devastado tras la guerra y los burócratas del régimen acomodados en él.

Vara del Rey se encuentra al sur de la provincia de Cuenca y al sur del río Júcar. En medio de un páramo cultivado, al sur se levanta un pequeño bosque. En 1946 comenzó lo que iba a ser un largo intento para llevar a cabo la redistribución entre los campesinos de las tierras del marqués de Melgarejo.

En el año citado, el alcalde envió al Delegado Sindical provincial un informe sobre la propiedad de los “tres marqueses de Valdeguerrero”, que eran el marqués de Melgarejo y su familia, además de los campesinos que podrían verse beneficiados por una distribución de esa propiedad. Después de varios años sin noticias sobre el asunto, la Hermandad Sindical de Ganaderos y Labradores de Vara del Rey redactó, en 1953, un informe sobre la situación en el pueblo:

Allí vivían seiscientas familias en cuyo término municipal las tres cuartas partes son propiedad de los Sres. Marqueses cuyo nombre no procede al caso… Las tierras están abandonas de su necesario laboreo, muchos jóvenes deben abandonar por esta causa la patria chica… y presentan como solución que le Instituto Nacional de Colonización adquiera esas tierras y obligue a dar en arrendamiento esas fincas a la población que lo solicite.

En el mismo año se celebró una reunión de la Sección Social del pueblo donde se dijo lo siguiente: su término municipal viene a tener unas doce mil hectáreas, que en su casi totalidad pertenecen solo a tres propietarios y de las cuales más de la mitad corresponden al Marqués de Melgarejo. La propiedad de este señor comprende las tierras de mejor calidad, dándose sin embargo el caso de ser las que menos producen, debido ello a su inadecuada explotación, ya que tan solo se ocupa de simular su cultivo para evitar posibles intervenciones.

Más informes se produjeron en los próximos meses: un pueblo con unos 200 obreros eventuales de los cuales 120 permanecen parados la mayor parte del año, además de denunciar las rentas abusivas por la tierra cedida en arrendamiento por parte de Melgarejo, y una denuncia por incumplimiento de los salarios mínimos fijados por el Ministerio de Trabajo. Un informe termina proponiendo que se convierta en regadío una parte de las fincas mencionadas para después ser objeto de colonización.

Según C. Barciela[2], como resultado de la política de precios agrícolas del régimen franquista entre 1939 y 1953, hubo una caída de la producción, ya que los precios pagados por el Estado no eran suficientemente remuneradores. Al mismo tiempo apareció un amplio mercado negro, dada la baja elasticidad de la demanda de muchos productos básicos. Las posibilidades económicas de esta situación dependían principalmente de dos factores: la ocasión de vender trigo en el mercado negro y la estructura de la propiedad. En la provincia de Cuenca la producción de trigo fue bastante más grande que el consumo local, tanto antes como después de la guerra civil, y al mismo tiempo había relativamente pocos latifundios en la provincia, aunque la situación no era homogénea: en La Mancha, que ocupa la mitad sur de la provincia, había más campesinos empresarios que en la Alcarria y la Sierra, la mitad norte.

El Estado establecía un cupo forzoso de producción a cada propietario, pero estos difícilmente podían cumplir con él debido a varias causas: meteorológicas (Casasimarro y Arcas), la necesidad de semillas y la falta de piensos para los animales (Villanueva de la Jara), sequía y falta de fertilizantes (Belmonte), que una parte de la tierra pertenecía a personas que vivían en otros municipios (Quintanar del Rey), que no se producía lo suficiente para el consumo del pueblo (Cañete), que la cosecha no había dado beneficios (Iniesta)…

Las protestas de los campesinos y el incumplimiento con el cupo asignado llevaban a multas que, en ocasiones, las autoridades provinciales perdonaban, conscientes de las necesidades reales que en las altas esferas del Estado se ignoraban.

[1] “Conflictos políticos y administrativos en el sector agrario durante el primer franquismo: El caso de Cuenca”.
[2] Citado por Thomas Christiansen.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Los pensadores del conservadurismo español

Antonio Maura


Según Pedro Carlos González Cuevas[1], tras la derrota de España a manos de Estados Unidos en 1898, los grupos políticos del régimen español temieron una reacción violenta que hiciera peligrar la corona. Se llegó a pensar en una alternativa semejante a la de Boulanger en Francia o la de Pelloux en Italia. El primero fue un militar francés que, aparte medidas progresistas en el ejército, alentó el chovinismo tras la pérdida de Alsacia y Lorena a manos de Alemania. Gozó de gran popularidad entre parte de la población francesa hasta el extremo de temerse que encabezase un golpe de estado que no se produjo. El segundo gobernó Italia a finales del siglo XIX al margen del Parlamento

En España podría haber jugado ese papel el general Polavieja, un regeneracionista vinculado a los círculos católicos de extrema derecha. Publicó un manifiesto en el que pedía unidad por encima del régimen de partidos, pero con el propósito de extirpar el caciquismo, pero descartó cualquier intento de acaudillar una dictadura militar.

El partido conservador, ahora bajo la dirección de Francisco Silvela interpretó con acierto lo que significaba la derrota de 1898, pero fue partidario del sufragio corporativo en un país que ya tenía sufragio universal masculino desde 1890. Formó un gobierno en el que estuvo el regionalista catalán Durán y Bas, pero en contra estuvo el regeneracionista Joaquín Costa.

Pero fue Antonio Maura el mejor representante del conservadurismo español de principios del siglo XX. Para González Cuevas su paralelo europeo podría ser el italiano Francesco Crispi, el cual empezó su andadura política en la extrema izquierda, para luego aceptar la monarquía y luego gobernó con el apoyo de la derecha y dejó un legado de reformas en la administración, algo que también intentaría Maura en España. Regeneracionista este, fue partidario de una “revolución desde arriba”, concediéndole por lo tanto a la elite el papel protagonista de las reformas que el país necesitaba. Una de sus preocupaciones fue la lucha contra el caciquismo, para lo que estableció la obligatoriedad del voto entre otras medidas aunque también que el sufragio fuese corporativo y estuvo influido por el krausista Ahrens.

Maura tomó de Menéndez Pelayo la idea de España como identificada con el catolicismo y la monarquía, hasta el punto de que consideró que la opción republicana en España era propia “de arquitecto que se pusiera a proyectar sin contar la ley de la gravedad”. Fue sin embargo partidario del regionalismo para dar respuesta a los nacionalismos vasco y catalán.

El carlismo fue uno de los ejes de la vida política española durante los siglos XIX y parte del XX. Uno de los carlistas que inspiró ideas al conservadurismo español fue Enrique Gil Robles, que formó parte del Partido Integrista, cuyo medio de difusión fue el periódico reaccionario El Siglo Futuro. La decadencia de España, para él, era consecuencia de la revolución liberal burguesa llevada a cabo durante el siglo XIX, proponiendo una labor de “deseuropeización” que debía llevar a cabo la monarquía de Carlos VII.

A este le sucedió Vázquez de Mella, quien pretendió combatir al socialismo y a los nacionalismos periféricos. Sus ideas guardan similitud con las del francés Maurras, pero no llegaron a la sistematización y profundidad de este; en relación con los integralistas portugueses, les rindió homenaje. Se centró en conseguir la unidad católica, la federación ibérica y la organización de la sociedad corporativamente. Le siguó Víctor Pradera, el cual abandonó en parte el legitimismo dinástico y puso el énfasis en el corporativismo, defendiendo incluso el golpe de estado militar. También fue influido por Maurras y por Donoso Cortés y se mostró enemigo de los nacionalismos vasco y catalán, a quienes consideraba nacidos como reacción al centralismo liberal.

El “novecentismo” se caracterizó por la efervescencia de los nacionalismos periféricos. Particularmente el catalán recibió los planteamientos maurrasianos y nació de la critica conservadora y tradicionalista del estado liberal español. Un objetivo de los militantes del nacionalismo catalán de esta época fue el proteccionismo aduanero, el foralismo carlista y el tradicionalismo eclesiástico, cuyo máximo representante fue Torras i Bages, inspirador de la idea “Cataluña será cristiana o no será”.

Enrique Prat de la Riba estuvo influido por Maurras pero Prat no fue un separatista sino un federalista partidario del “imperialismo exterior, desde Lisboa hasta el Ródano. Fundó la Lliga Regionalista cuya fuerza hizo ver a Antonio Maura la oportunidad de mancomunar a las diputaciones provinciales catalanas, lo que solo se llevaría a cabo unos más tarde con Eduardo Dato en la presidencia del Gobierno. Prat estuvo inspirado por Eugenio D’Ors, colaborando en “La Veu de Catalunya y, de hecho, D’Ors fue el máximo exponente del “novecentismo” contrario al modernismo. El imperialismo dorsiano implicaba conseguir la hegemonía política y social de Cataluña en el resto de España, al tiempo que criticaba el liberalismo. Pero muerto Prat D’Ors comenzó a caer en desgracia.

Primero Azorín y luego Maeztu, también conformaron ideas para el conservadurismo español, a pesar del inicial anarquismo del primero. Suya es la frase, una vez que dio el giro hacia el conservadurismo de “no dé el político en la candidez de creer en la famosa distinción entre el derecho y la fuerza. No hay más que una cosa: fuerza. Lo que es fuerte, es lo que es de derecho… La fuerza es la vida y la vida es un hecho desconocido”.

Con respecto a Joaquín Costa se trata de una figura controvertida, pues mientras que unos lo consideran baluarte de la política social en España, sobre todo para la agricultura, otros ven en él un precursor del fascismo por su apelación a un “cirujano de hierro” que pusiese orden en el oligárquico sistema canovista. También fue partidario de una “revolución desde arriba” apelando a los grupos dirigentes para que fuesen ellos quienes se pusiesen al frente de la regeneración del país.

Unamuno, según González Cuevas, no fue ni liberal ni demócrata, pero sí un nacionalista extremo. Su imagen castellanista de España le llevó a criticar a los nacionalismos periféricos y defendió que la europeización de España tenía que contar con la tradición. Maeztu, por su parte, estuvo cambiando ideológicamente de contínuo. Su regeneracionismo es consecuencia de la brutal visión de decadencia en la que veía a España en 1898. Para él la solución a los problemas del país se encontraría en la unidad nacional a través de la modernización y la industrialización; en este sentido admiraba a las burguesías catalana y vasca, aunque los nacionalismos periféricos eran para él enemigos. Fue partidario de la transformación de la mentalidad de las elites burguesas y de la secularización de las conciencias.

Ernesto Giménez Caballero fue uno de los precursores de lo que luego sería la dictadura de Primo de Rivera y luego de la tecnocracia franquista, mientras que los planteamientos de la derecha maurista, cuyo máximo exponente es Antonio Goicoechea, veía a Maura como antítesis del canovismo. Estivo formado en el socialcatolicismo y en el organicismo krausista, fue uno de los que primero formuló la idea de la “democracia orgánica”, que luego tendría éxito en el franquismo y fue partidario de un estado corporativo. Impulsó la idea de que el Estado debía proteger las industrias nacionales (lo que harán los ministros falangistas en el primer franquismo) y defendió que España debía reconocerse dentro de sí misma, sin influencias exteriores.         

[1] “Las derechas españolas ante la crisis del 98”.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El reaccionario Pessoa




Su personalidad poética es tan sobresaliente que oscurece otras facetas, por ejemplo la política. Su juventud transcurrió fuera del país, mientras este sufría una importante transformación política e ideológica como ha ocurrido en otros países: Italia, Francia y España particularmente.

No siendo Pessoa integralista, dio su apoyo a los sucesivos regímenes autoritarios de Portugal. El poeta simpatizó con la figura del dictador militar Sidonio Pais, “presidente de la Repúbica por voluntad del destino y por el derecho de la fuerza”. Pessoa llamaba al régimen liberal “oligarquía das bestas”, esperando de la dictadura de Pais el gobierno de las fuerzas sociales y, en especial, de la burguesía. Intentó formular una teoría del sidonismo o república presidencialista nacional “que, por ser república, no rompe la continuidad del régimen y que, por establecer el poder personal, comienza a introducir uno de los principios fundamentales del régimen futuro y de la tradición portuguesa”.

También apoyó Pessoa el golpe militar de 1926 y al general Carmona. Para él, la democracia liberal era “un error” que “solo aparece en momentos de decadencia”. Era un régimen “antisocial”, “antipopular” y “antinacional”; la democracia es, para él, “una orgía de traidores”.

Para Pedro Pablo González Cuevas, hubo “un 98 portugués” (comparándolo con el español de la pérdida de Cuba) que tuvo lugar en dos momentos distintos: en 1890, cuando Portugal tiene que renunciar al sueño colonial ante la rotundidad del ultimátum británico; y en 1898 cuando Alemania y Gran Bretaña preparan un acuerdo secreto para repartirse las colonias portuguesas al sur del Ecuador. Cuando esto ocurre Pessoa es un niño, pero la crisis que sufrió la nación (sobre todo por parte de sus grupos dirigentes e intelectuales) se prolongó hasta el establecimiento de la República en 1910, cuando el poeta ya estaba en condiciones de hacerse su composición ideológica.

(Fuente: "Las derechas españolas ante la crisis del 98", P. C. Gnzález Cuevas).

martes, 30 de agosto de 2016

Las rentas de la Inquisición en México



La Inquisición en Nueva España se estableció en 1571, empezando entonces una serie de confiscaciones que se repartían los denunciantes, la Corona y la propia Inquisición por tercios. Pero como los miembros de la Inquisición eran clérigos, gozaban de prebendas como cualquier otro (canonjías y pavordías[1]) pero de donde la Inquisición obtuvo buenas rentas fue del diezmo, aunque este dependiese de las fluctuaciones de la producción agraria.

Más tarde se decidió que algunas diócesis contribuyesen al mantenimiento de la Inquisición, las cuales fueron: México, Puebla, Valladolid, Guadalajara, Oaxaca, Ciudad Real de Chiapa, Guatemala, Mérida y Manila (en este último caso con una cantidad fija establecida en 400 pesos anuales. Con el paso del tiempo también fueron ingresos los réditos por los capitales otorgados a censo.

Desde el siglo XVI, sin embargo, la recaudación de los diezmos estuvo arrendada a particulares, dándose el caso de que estos se prestaban a engaños y corruptelas. La única modificación que sufrió este sistema[2] fue en 1815, cuando la monarquía española, restaurada la Inquisición que habían anulado las Cortes de Cádiz, le solicitó un empréstito forzoso de 200.000 pesos para atender a las necesidades de la misma Inquisición en España.

La Inquisición novohispana obtuvo ingresos también de conceder créditos, los cuales estaban generalizados en la época, aunque el interés a cobrar estaba limitado por el concepto de lo que se consideraba pecaminoso o no. Los instrumentos permitidos fueron los censos consignativos, el enfitéutico y el depósito irregular. El primero consistía en otorgar dinero por el que se dejaba como garantía una propiedad o un conjunto de ellas (lo que hoy llamamos crédito hipotecario). El censo enfitéutico consistía en otorgar el dominio útil de una propiedad a cambio de lo cual se pagaba una renta anual.

El Real Fisco aceptaba los censos consignativos cuando los bienes ofrecidos como garantía tuviesen un valor considerablemente mayor a la cantidad de dinero pedida. Si sobre las propiedades ofrecidas sobre garantía pesaban censos, el Real Fisco debía conocerlo, lo que no siempre fue así. Muchos de los que recibían préstamos por este procedimiento, ante la imposibilidad de devolverlos, perdían su patrimonio. Pero también se dieron casos en los que el Tribunal no acudió al concurso de acreedores para cobrar.

Otras rentas que percibía la Inquisición son las de alquiler de inmuebles, el cobro de gastos a los reos, por trámites… El autor al que sigo señala que, en el año 1736, que toma como síntesis de todo el período estudiado, los ingresos por canonjías representaron el 51,61% del total (22.001 pesos) y por réditos de censos el 44,43% (18.940 pesos). Queda claro que los demás conceptos (arrendamientos, etc.) representaban muy poco.


[1] Administración de bienes, generalmente de cenobios inferiores a prioratos.
[2] “Ingresos y egresos del Tribunal del Santo Oficio de la Nueva España en el siglo XVIII”, Alfredo Ruiz Islas, 2005.

lunes, 29 de agosto de 2016

Un monasterio asturiano




Al noroeste de Tineo se encuentra Bárzana del Monasterio, cuyo nombre deriva del que hay en la población. El relieve es verde con prados y bosques alternantes, pero no tan montuoso como más al sur y por el valle discurre en río Bárzana.

Hay varios estudios sobre este monasterio, fundado en el siglo X por la familia Vela como algo de su propiedad, pero ahora han aportado nuevos datos Francisco J. Fernández Conde y María J. Suárez Álvarez[1]. El monasterio de Bárzana tuvo señorío sobre territorios y jurisdiccional, detrayendo las rentas del campesinado sometido en competencia con otros señores laicos y eclesiásticos de esa tierra. Cerca está el monasterio de Obona, fundado por la misma época, y también el de Corias, en el alto Narcea, tenía intereses en las tierras que señoreaba Bárzana.

La nobleza laica –dicen los autores a los que sigo- ejercía como tenente del rey, poseyendo este también varias mandationes o distritos realengos. Las fuentes hablan de “hombres del rey”, “hombres de Bárzana” y “hombres de otros señores” desde el siglo XI. El núcleo básico del monasterio de Bárzana se constituyó en el siglo anterior con una serie de donaciones para constituir un monasterio “familiar”: siete villas completas (que los autores identifican con aldeas) cuatro villas solo en parte y doce brañas*, a lo que hay que añadir otras adquisiciones como heredades, yuguerías, parte de un molino y una iglesia. La familia fundadora del monasterio, proveniente de tierras leonesas en pleno proceso de dominio de espacios sociales, lo vincularon a que sus miembros fuesen enterrados en él.

La existencia de brañas pone de manifiesto la importancia ganadera de las posesiones monacales, pero los autores consideran que más que una ganadería trashumante, donde ganados y pastores se desplazaban a las montañas en los meses del verano, se trata de emplazamientos de altura, pueblos altos sin migraciones estacionales. En el siglo XI las villas completas del monasterio eran cinco, dos villas solo en parte, una heredad, dos heredades solo en parte, diez brañas completas, cuatro solo en parte y tres distritos de poder señorial compartido, además de otras adquisiciones durante dicho siglo.

El monasterio vio crecer la explotación pecuaria y recibió del rey Alfonso V privilegio de inmunidad, aunque el documento que ha sido estudiado ofrece dudas a los autores sobre su autenticidad, y como ha ocurrido en otros casos, algún monje lo habría falsificado con posterioridad**. En el siglo XII el monasterio cuenta con una villa completa, dos villas solo en parte, nueve heredades y una yuguería, además de otras adquisiciones.

El territorio estuvo sometido a las presiones de una nobleza numerosa, de forma que en el siglo XII, todas las aldeas del valle de Bárzana estaban ya bajo dominio señorial de algún notable o del rey, mientras el monasterio mostraba interés por contar con iglesias (sus rentas) en el momento en que se configura la red parroquial que los siglos venideros heredaron. En dicha centuria habría culminado también la imposición del diezmo. En el siglo XIII las posesiones del monasterio de Bárzana son dos villas solo en parte, tres heredades, dos heredades solo en parte, una yuguería y veinte lugares con hombres dependientes.

En 1204 el rey Alfonso IX visitó el monasterio e hizo una partición de hombres conmixti entre Bárcena, el rey y otros monasterios. En los siglos XIV y XV las propiedades del monasterio son: dos heredades, una heredad en parte, una yuguería, un préstamo[2], un préstamo en parte, cuatro molinos y un lugar con hombres dependientes. El censo de los arrendamientos y foros se pagaba en dinero, en especie, en dinero más especie, fundamentalmente escanda, aunque también en otros cereales y una pequeña parte en nueces.


[1] “El monasterio de Bárzana. Patrimonio y poder”.
[2] Unidad administrativa integrada en una renta determinada.
* Véase aquí mismo "Brañas y ganados".
** Ver aquí mismo "Falsificadores de documentos".

domingo, 28 de agosto de 2016

Un retrato de Cervantes

La presente obra se encuentra en la Casa-Museo de Cervantes (Alcalá de Henares)


Con motivo de la conmemoración del IV centenario de la muerte de Cervantes, la Casa-Museo cervantina en Alcalá de Henares expondrá este cuadro entre el 13 de septiembre y el 20 de noviembre del presente año. 
 
Según se lee en la página del Museo, no se conserva ningún retrato del que podamos tener la certeza es de Miguel de Cervantes. En este caso se trata de una pintura anónima procedente de los fondos del Museo Casa de Cervantes de Valladolid, inspirada quizá en un retrato que William Kent hiciera y que fue reproducida en obras cervantinas editadas en el siglo XVIII.
 
Asombra que un personaje tan notable haya pasado tantas penalidades, si bien algunas de ellas se las buscó por su carácter. Nunca obtuvo favor alguno a pesar de las relaciones que mantuvo con personajes nobles e influyentes. Por ejemplo, un condiscípulo suyo, Mateo Vázquez, que luego sería secretario de Felipe II, nunca le auxilió en los momentos de penuria y calamidad. Cuando Cervantes aparece en Roma (1569) como camarero de monseñor Acquaviva, tampoco esto le sirve para prosperar, pues está con él poco más de un año.
 
Su época de soldado no le trae más que desgracias, pues a pesar de la recomendación del duque de Sesa de nada le sirve y regresa a España para ser destinado en Orán y luego a Lisboa. Luego solicitó un oficio en las Indias pero no se le concede; intentó ir con Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, al virreinato de Nápoles, pero es excluido. 
 
Las penalidades que pasó en África, las muchas veces que pasó por la cárcel, la picaresca que tuvo que emplear en su vida, los delitos en los que incurrió, los desengaños que sufrió, quizá influyeron para su gran obra antes de que le alcanzase la muerte hace ahora cuatrocientos años.


martes, 23 de agosto de 2016

La "Historia de América" de W. Robertson

El castillo de Borthwick (Escocia)


Dice Juan Gil[1] que a finales del siglo XVIII comenzó a despertarse un interés especial por la figura de Colón, pero no así en España. La Real Academia de la Historia guardó silencio sobre Colón y sus viajes, quizá por la delicada situación política de las colonias, que exigiría discreción.

En 1721 había nacido en la zona rural de Borthwick (Escocia) William Robertson, que en 1777 dio a la luz su “History of America”, llegando así a los especialistas españoles y más en concreto a Ramón de Guevara, el cual tradujo parte de la obra para la Academia. Una de las cuestiones que más interesaron desde entonces es la historia del piloto anónimo, rechazada por Robertson.

Al año siguiente la Academia recibió un raro libro que contiene valiosa información sobre la estancia de Colón en Saona, de las mayores de la actual República Dominicana, y sobre la familia de Miguel de Cúneo, el cronista que pasó a las Indias en 1493, perteneciente a una rica familia de comerciantes y gracias al cual se recibió en España una importante información sobre América en los primeros tiempos del descubrimiento.

A partir de entonces el interés de la Academia por Colón aumentó, hasta el extremo de que en 1780 se vio un tomo manuscrito escrito por Bernardo de Estrada, intendente de Valladolid, sobre el “Descubrimiento e Historia de las Indias”, que luego sería estudiado por Jovellanos por encargo de la Academia. Cuando Guillaume Thomas Raynal publicó su “Historia de las Indias” levantó una gran polvareda en España, pues las autoridades consideraron que atentaba contra la religión. En 1783 publicó Eduardo Malo de Luque su “Historia política de los Establecimientos Ultramarinos de las Naciones Europeas”, también estudiada por Jovellanos, el cual señaló que esta obra estaba tomada de la de Raynal…

Malo de Luque no era sino el pseudónimo de Pedro Francisco Luján, un noble miembro del Consejo de Indias, que ha estudiado en su “Diccionario Biográfico Español”, Solé Sabarís. Según este autor, Malo de Luque (o Luján) no había querido sino “limpiar” la obra del abate Raynal “de lo que tanto a él como a la rígida censura política y religiosa de entonces parecía inaceptable”.

Lo cierto es que la obra de Robertson, que murió en Edimburgo en 1793, sirvió para que el interés por Colón, sus viajes y America se avivase desde el punto de vista intelectual e histórico.



[1] “Los inicios del Colombinismo en la España Ilustrada”, 2008.

lunes, 22 de agosto de 2016

La desamortización de Carlos IV en Asturias

Puente de San Sebastián en Avilés


Las necesidades económicas de un Estado agotado por las guerras y por la inadecuación de sus estructuras a la economía del momento, hizo que los ministros de Carlos IV tuviesen que recurrir a varias medidas a finales del siglo XVIII: la emisión de deuda pública, los empréstitos y las desamortizaciones de bienes, sobre todo eclesiásticos.

En 1797 fue nombrado Secretario de Hacienda Francisco Saavedra, que creó la Caja de Amortización, a donde irían a parar todos los recursos obtenidos de la venta de bienes puestos en subasta. Amigo de Jovellanos, seguramente se impregnó de sus ideas económicas, y durante la guerra de 1808 fue nombrado presidente de la Junta de Sevilla (más tarde miembro del Consejo de Regencia).

Por decreto de septiembre de 1798 se dispuso la enajenación de todos los bienes raíces pertenecientes a hospitales, hospicios, casas de misericordia, cárceles y casas de expósitos, cofradías, obras pías y patronatos de legos. Por otro decreto se pusieron a la venta fincas de vínculos y mayorazgos, pero conservando íntegras las vinculaciones y los derechos de sus sucesores[1]; también las temporalidades de los jesuitas, y en 1799 se procedió a la redención de censos perpetuos y al quitar.

En el caso de Asturias –y para las tres poblaciones estudiadas por la autora a la que sigo- la mayoría de los bienes desamortizados fueron en Oviedo, destacando los ingresos para el Estado en 1806 provenientes de dicha ciudad: 1.899.849 reales. Entre los años 1800 y 1801 se vendieron en Gijón y Oviedo unas propiedades de hospitales, hospicios, el convento de Santo Domingo, el Colegio de los Verdes[2] y el Seminario de San José. En Avilés se enajenaron bienes entre 1800 y 1808 de la parroquia de San Nicolás, los conventos de san Francisco y de la Merced, la ermita de San Pedro del Rivero, el hospital de los Peregrinos de Pedro Solís y de la parroquia de la Magdalena de los Corros. Del hospital de Pedro Solís es del que más bienes se vendieron, el 80% del total. La propiedad de más alto precio fue la “huerta de peregrinos”.

En Gijón la mayoría de las ventas se efectuó en 1801, recaudando el Estado 624.433 reales, de los cuales 519.705 corresponden a tierras y casas. El precio más alto correspondió a unas “casas y bienes” por valor de 235.139 reales, siendo la mayoría de los compradores vecinos de Gijón.

En Oviedo las ventas más importantes fueron del convento de Santo Domingo (206.235 reales) los colegios del Seminario de San José y de San Pedro de los Verdes (249.006 y 237.515 reales respectivamente) los hospitales de san Juan (435.788 reales) y de Santiago (374.868 reales) y el Real Hospicio (897.453 reales.). En cuanto a obras pías la cantidad mayor fue de 361.751 reales, y de “Estudios y Escuelas”, 251.372 reales.

En cuanto al cabildo de la catedral, era patrono de los hospitales más importantes de la ciudad (el de San Juan fundado por Alfonso VI y el de Santiago en el siglo XVI). El colegio de San Pedro de los Verdes fue fundado a finales del siglo XVI por un canónigo de la catedral para sostener a doce colegiales, pero en la época que estudia la autora citada abajo, ya solo sostenía a tres. La mayor cantidad recaudada correspondió al Real Hospicio entre 1800 y 1808: la malatería de San Lázaro aportó un total de 351.952 reales, de los que la inmensa mayoría corresponden a la venta de bienes.


[1] Margarita Cuartas Rivero, “La desamortización de Carlos IV en Asturias…”.
[2] Conocido también como colegio de San Pedro.