martes, 11 de septiembre de 2018

Un ejército para someter a la población


Parece tener razón el historiador Gabriel Cardona cuando dice que fue durante el régimen fascista del general Franco cuando el ejército aprendió a obedecer, es decir, fue disciplinado, más allá de que el dictador tuviese algunos opositores en el ejército que poco o nada asomaron la cabeza. El mismo autor considera, en su libro “El gigante descalzo…”, que el ejército de Franco fue muy eficaz para mantener la represión de la población en el interior del país, pero nulo para ganar una sola batalla en el exterior.

La División Azul en Rusia ya sabemos el casi nulo papel que representó a las órdenes de los militares nazis; cuando la guerra de Ifni en 1957, la derrota del ejército español a manos de irregulares marroquíes habla por sí sola; en 1975, cuando la “marcha verde” organizada temerariamente por el rey Hassan II, el ejército español hizo el más espantoso ridículo, si bien bajo la batuta de un Gobierno en retirada.

Durante las casi cuatro décadas del régimen franquista, más fascista al principio y más católico después, pero siempre cruel, el ejército español abandonó la tradición de indisciplina que le había caracterizado durante todo el siglo XIX y el XX hasta 1939, cuando finaliza la guerra civil. Porque cuando se restablece la democracia en España con la Constitución de 1978, el ejército español (o parte de él) vuelve a las andadas e intenta un golpe de estado en febrero de 1981. Fracasado, se hizo patente que el ejército de Franco estaba vivo y que su integración en la democracia iba a costar, a pesar de las generaciones de militares que habían ido pasando.

El ejército español que luchó en América y contra el invasor francés a principios del siglo XIX no era moderno para la época. La prueba es que tuvo que ser ayudado por el inglés y por las diversas partidas guerrilleras que, muchas veces, se constituyeron a partir de desertores. Los intentos de restablecer el liberalismo contra Fernando VII ya se dan durante el sexenio que va desde 1814 a 1820, triunfando la conjuración de Riego en este último año, pero durante el trienio entre 1820 y 1823 hubo también intentos de reponer por la fuerza al rey en su poder absoluto. En lo que quedaba de siglo otro tanto de lo mismo, con Espartero, con Narváez, con O’Donnell, con Diego de León, Prim, Martínez Campos, Villacampa y otros que sería prolijo citar aquí.

El ejército español se sintió protagonista de la política española durante los siglos XIX y XX por diversos motivos: porque estaba dividido aunque lo más granado de la oficialidad estuviese en el campo liberal; porque los partidos políticos, débiles y de minorías, delegaban con frecuencia en el apoyo de mandos militares para “conducir” una situación en un sentido o en otro; porque la sociedad estaba formada en su mayoría por campesinos, artesanos y pequeños comerciantes con poca capacidad y formación para la iniciativa.

El régimen de la Restauración borbónica, contra la mucho que se ha escrito, estuvo tutelado por el ejército (por Martínez Campos mientras vivió) y por otros militares más tarde, sobre todo cuando el rey Alfonso XIII tuvo al ejército como eje de su política. Así se explica el golpe de Primo de Rivera en 1923, los intentos durante su dictadura en los años veinte, la intentona de Sanjurjo ya durante la II República y de los militares que desencadenaron la guerra civil en 1936. Cuando esta acabó tres años después, la calma y la disciplina en el ejército español reinaron por largas décadas.

El dictador Franco siempre tuvo a militares de alta graduación en puestos de responsabilidad política y económica, desde principio a fin de su régimen. La corrupción en el ejército empezó ya con la “caballería de San Jorge” (ver aquí mismo) y los sobornos de la diplomacia británica a algunos generales franquistas. Continuó con el pluriempleo dándose a muchos militares, de alta y baja graduación, puestos para soportar los bajos sueldos que la mayoría cobraban. Mientras tanto no se les molestaba, pues el nivel de exigencia profesional era mínimo, las dotaciones en material quedaron paralizadas hasta la segunda mitad de los años cincuenta (reconocimiento por parte de Estados Unidos) y el ejército franquista siempre se consideró el verdadero ganador de la guerra, ni Falange, ni los carlistas, ni los católicos, ni nadie más que el ejército; ello sin perjuicio de que hubiese militares falangistas, monárquicos, carlistas, etc.

No se puede considerar a la tardía Unión Militar Democrática, fundada por el historiador y militar Cardona a quien he citado, como una amenaza para el régimen: este estuvo siempre bien apuntalado por un ejército sumiso y disciplinado respecto del dictador… y por si fuera poco la Iglesia echó una importante mano para legitimar el privilegio del que también participaba.

domingo, 29 de julio de 2018

Una plaza de Nápoles

Foro Murat (Nápoles)

Lugano es una ciudad que se encuentra en el extremo sur de Suiza, donde nació, en 1787, Pietro Bianchi, arquitecto de la iglesia inspirada en el Panteón de Roma. La plaza está inspirada en la que Bernini construyó ante la basílica de San Pedro. Como tantas obras que pretenden un “revival” de otras, desmerecen de la original, pero estas no deja de tener interés por la monumentalidad que imprimen a la siempre importante ciudad de Nápoles.

Como seguidor de Luigi Cagnola, Bianchi es un arquitecto neoclásico en una época propicia para este estilo: finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX. La iglesia de San Francisco tiene varias capillas, un atrio y un ábside, destacando la cúpula con casetones, muy parecidos a los del Panteón de Roma, construída entre 1809 y 1836. Esta cúpula se soporta, en parte, en otras menores, dos a los lados del ábside y otras dos tras la columnata de la plaza. Al atrio se accede por un pórtico que imita la fachada de un templo griego octástico de orden jónico con frontón liso.

La plaza, rodeada en parte por la columnata, se concibió por su autor como un intento de reordenar urbanísticamente una ciudad que había pasado por tantas vicisitudes y regímenes políticos. Frente a la iglesia se encuentra, formando parte de la misma plaza, el Palacio Real de Nápoles (la plaza se llamó Foro Murat durante algún tiempo). Los diseños de la plaza corresponden a Leopoldo Laperuta, coetáneo de Bianchi.

jueves, 19 de julio de 2018

Un palacio en Montepulciano



Montepulciano es una población estirada sobre la ladera de una colina. Una larguísima calle conduce, por dos de sus lados, a la Plaza Grande, donde se encuentra el Palacio Nobili Tarugi, obra de mediados del siglo XVI cuyo diseñador fue Tommaso di Pietro Boscoli, alumno de Antonio de Sangallo el Viejo. Boscoli fue, además de arquitecto, escultor, lo que era normal en el Renacimiento, y trabajó con Andrea Ferrucci cuando joven, más tarde con Miguel Ángel.

Como tantos otros edificios, se construyó sustituyendo uno gótico frente a la ahora catedral. El edificio actual es de piedra de travertino y la planta baja era una logia. El propietario fue Vicenzo de Nobili, casado con la hermana del papa Julio III, Ludovica del Monte. Cuando otra familia, los Tarugi, se hizo dueña del palacio a principios del siglo XVIII, se le empezó a conocer con el nombre de Nobili Tarugi.

Ha sufrido transformaciones, por ejemplo, en la planta baja se ven las arcadas de la derecha cerradas y abiertas unas ventanas adinteladas con rejas. Igualmente adinteladas con las del primer piso, rematadas por frontones curvos. El segundo piso también ha sufrido modificaciones en su fachada izquierda (según el espectador) pero se conserva toda la balaustrada tan propia del renacimiento italiano, sobre todo en el siglo XVI, aunque dicha balaustrada no está exenta del muro.

Las columnas adosadas corren desde la planta baja, sobre gruesos pilares, hasta la parte inferior de la balaustrada, rematadas en capiteles jónicos. En el segundo piso son pilastras las que corren entre los vanos, también sobre pilares. En conjunto se observa una intención descendente: mayor grosor y amplitud de los vanos en la planta baja y menor a medida que se asciende, pero en comparación con los palacios italianos más conocidos (Medici-Ricardi, Pitti, Rucellai…) esta fachada es más tosca, sobre todo por el efecto que causan las gruesas columnas, además de que el edificio es más pequeño que los citados.

Como otros palacios italianos fue concebido para ennoblecer una plaza o calle, lo que luego sería preocupación fundamental del barroco. No desmerece Montepulciano en cuanto a edificios notables por su arquitectura, tanto civil como religiosa, así como por el típico urbanismo de las poblaciones pequeñas de la Italia central. Montepulciano pertenece a la provincia de Siena, al sur de la Toscana, y no está lejos del lago Trasimeno. La población está flanqueada por alturas al este y oeste, mientras que un valle corre de norte a sur.

miércoles, 18 de julio de 2018

Una obra de Nicolás Adam




A principios del siglo XVIII nació en Nancy, Nicolás-Sébastien Adam, un escultor que siguió con el gusto barroco hasta extremos propios de los más exagerados de dicho estilo. La época de esplendor de Nancy fue durante los siglos XVI a XVIII, por lo tanto Adam pudo asistir a los acontecimientos urbanísticos y artísticos que la ciudad le ofrecía. Una de sus obras más notables es el “Prometeo encadenado”, en mármol (1762) que se encuentra en el Museo de El Louvre, donde el titán que entregó el fuego a los mortales trata de liberarse del castigo infligido por Zeus.

La obra de arriba forma parte de un jarro monumental realizado entre 1742 y 1745, que se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Es obra en mármol y se trata de un detalle de una alegoría del otoño. En la parte superior del vaso se representan bustos en relieve de personajes rodeados de pámpanos y racimos de uvas, mientras que en dos lados opuestos, en la parte inferior del jarrón, estos carneros de poderosa cornamenta e indefinida faz.

El clima artístico animó a Adam a dedicarse a la escultura, pues su padre y sus hermanos también lo hicieron. En Nancy todavía se conserva, muy elegante, la casa de los Adam, donde vivieron parte de su vida. Se nota que se trataba de una familia más que acomodada, incluso rayana en la aristocracia sin título, lo que valió al joven Adam a ser seleccionado para realizar una de sus obras más sobresalientes: la tumba de Catalina Opalinski, esposa del rey de Polonia y Lituania, Estanislao, en dos períodos distintos durante el primer tercio del siglo XVIII. La tumba se encuentra en la iglesia de Nuestra Señora en Nancy, una muestra más de sus relaciones con la aristocracia de la época.

martes, 17 de julio de 2018

Las imágenes de la Edad Media

Roldán y Ferragut


La obra de Jacques le Goff, “Una Edad Media en imágenes” tiene un interés extraordinario por su originalidad y por el tratamiento que da el autor a los diversos ejemplos de la pintura y la escultura medievales. El autor comienza por estudiar los espacios, centrales y periféricos, del arte cristiano medieval, se centra en las herencias bárbaras y arcaicas, sigue con un capítulo donde trata de la iconografía del hombre y de Dios, además de otros personajes religiosos.

La obra se completa con el tratamiento que los artistas medievales han dado a la muerte y al más allá, a los animales, a los objetos y, en pleno esplendor, la representación de niños, la mujer, el retrato, la cultura popular reflejada en las obras que nos ha legado la Edad Media, las fiestas con grandes comidas y juegos, las iniciales iluminadas, la música y la danza.

No faltan en la obra ilustraciones sobre ángeles trompeteros anunciando el Apocalipsis, crismones, caballeros, crucificados, orantes, peregrinos, clérigos y reyes, alegorías, maternidades, incluso mapas y ciudades amuralladas, paisajes y castillos. Un ejemplo es el “Cristo en su barca con sus compañeros”, miniatura del evangeliario de Odón III, obra de finales del siglo X que se encuentra en la catedral de Aquisgrán.

Se suceden los monstruos y los objetos decorativos, los relieves de animales, como la piedra esculpida en la pila norte del arco de Gerlannus, en la iglesia abacial de San Filiberto (Tournus, siglo XI). Siguen sarcófagos decorados, personajes apretados entre sí y con una expresividad casi ilimitada; la cruz de Lotario, obra de finales del siglo X que se encuentra en la catedral de Aquisgrán; mosaicos del mausoleo de Gala Placidia en Rávena (siglo V); visiones, capiteles, vidrieras…

Llama la atención un “Adán” de influencias clásicas, aunque de anatomía más espigada, esculpido en piedra que luego se ha policromado. De mediados del siglo XIII, se encuentra en el Mueso del Louvre, pero procede del brazo sur del crucero de la catedral de París.

Los artistas de la Edad Media nos deparan sorpresas continuamente: ¿Qué decir del relieve que representa a la Eva bíblica, obra del siglo XII, de Autun? Adaptada al marco, casi recostada y rodeada de frutales de los que, inadvertidamente, coge la manzana prohibida. Sus cabellos están peinados delicadamente en finísimos trazos, su anatomía alargada es singularísima, su rostro expresivo y poco natural (se encuentra en el Museo Rolin, un edificio acastillado en la ciudad citada).

Pilas bautismales decoradas profusamente y representando, entre otras escenas, el pecado original. El autor de “Adán y Eva expulsados del paraíso” ha esculpido un ángel contrahecho con las alas muy desplegadas, los personajes estáticos, las anatomías apenas insinuadas y la vegetación en derredor se distribuye por todos lados, pero sin perspectiva alguna. Contrasta la desnudez de los expulsados con la túnica del ángel en esta obra en bronce que decora una puerta de la basílica de San Zenón de Verona (siglo XI).

Una bellísima iluminación es la del trabajo en el campo, obra del siglo XV, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Florencia, y que contrasta con la escultura de Hugo I, conde de Vaudémont (Lorena), recibido por su esposa al volver de la segunda cruzada. Los personajes se unen en una sola pieza, solamente distinguibles por la menor altura de la mujer, el cuerpo más desarrollado del conde, que lleva en su mano derecha un bastón de mando, los ropajes de ambos labrados toscamente pero con cierto detalle. Es obra del siglo XII y se encuentra en el Museo Histórico Lorrain de Nancy. El artista barroco francés ¿pudo imaginar que un museo con su nombre albergaría obra tan antigua?

Y lo que generalmente no se tiene en cuenta de la Edad Media son las representaciones de objetos como el aguamanil del siglo XIII en bronce con incrustaciones de esmalte negro y de plata que se encuentra en el Museo Victoria y Alberto de Londres, aunque es obra alemana. Una llave bellísima de la iglesia de Santa Isabel de finales del siglo XII (Marburgo), libros decorados, instrumentos musicales labrados en las portadas de las iglesias entre otros lugares.

La obra de le Goff es sencilla en apariencia, pero de una densidad de contenidos extraordinaria, una joya para entender la vasta época, misteriosa todavía en muchos aspectos, donde lo obscuro parece prevalecer, pero las luces de las miniaturas, de las vidrieras y de las más refinadas esculturas y pinturas se abren paso con todo su esplendor.

viernes, 13 de julio de 2018

Peñalba y Molinaseca

Vista de Molinaseca (León)

Al este y sur de Ponferrada se encuentran dos de los pueblos más emblemáticos de El Bierzo, comarca leonesa donde se puede oir hablar un dialecto del gallego o dialecto astur-leonés. Limitando al oeste con Galicia, el relieve es montouoso e incluso agreste en ocasiones, como se puede comprobar en el pueblo de El Acebo, siguiendo la carretera hacia el este que conduce desde Ponferrada y Molinaseca. En una desviación se encuenta la pequeña aldea de Compludo, y en sus inmediaciones un martillo pilón de los que se usaban antes para dar forma al hierro incandescente, aprovechando los rápidos de un río montañés. La captación de agua en la herrería se hace mediante la chapacuña o estacada que permite su embalsamiento.

Molinaseca está en uno de los ramales del camino de Santiago, de lo que se han hecho eco los nativos, que han erigido una estatua al peregrino. En la otra parte del pueblo está el puente medieval que pasa sobre el río Meruelo, de aguas frías por la procedencia de las montañas. Su calle principal, que se configuró antes aún que la propia villa como paso de los peregrinos, permitió ir orillando las casas que daban cobijo, alimento y curación a los aventurados hacia Santiago de Compostela. Cuenta con dos grandes iglesias, una de ellas dedicada a San Nicolás, tiene una torre de planta cuadrada en cuya parte superior, con sillares labrados regularmente, se nota el estilo herreriano. 

En verano se despliegan las mesas para los turistas en las plazas y calles de Molinaseca, en una de las cuales se levanta una mansión con escudos empotrados en sus esquinas. Otras casas más modestas muestran las balconadas de madera adornadas con profusión de flores, porque el Bierzo, aunque con matices comarcales, tiene un clima tórrido en verano, sobre todo en lo profundo de los valles, donde se pueden cultivar las más variadas frutas. Casas, en fin, con fuertes puertas arqueadas y muchas de ellas reconstruidas en los años de la bonanza económica. En uno de los extremos del pueblo un "cruceiro" como los que se pueden ver en Galicia, precisamente allí donde se producen cruces de caminos. 

Por carretera tortuosa, bien desde Molinaseca o desde Ponferrada, se va en dirección sur a Peñalba de Santiago, a donde llegaron, sin este nombre aún, los mozárabes que construyeron la pequeña iglesia que es joya de dicho estilo cristiano-musulmán. Los arcos de herradura muy pronunciada sobre finísimas columnas, el interior sobrio, los muros de mampuesto, y alrededor el pequeño caserío que ahora se adorna con algunos restaurantes para todo tipo de gentes. 

El pueblo queda aislado algunos días del año, cuando la profusión de las nieves, pero también cuando las tormentas veraniegas arrastran con sus riadas la tierra removida y la vegetación quemada de los incendios forestales. Distinto este aislamiento del que eligieran los eremitas que formaron lo que se llama la Tebaida berciana, y de la que Peñalba será seguramente su centro. Cerca, uno de los monasterios más sobresalientes de entre los que no suelen conocerse por quienes no se apartan de las grandes rutas.

martes, 10 de julio de 2018

Un paisaje de G. Abbati

Camino rural con cipreses (óleo sobre lienzo). Palacio Pitti

Castiglioncello es un pueblo de la costa toscana donde la mayor parte de sus habitantes viven de la pesca y del turismo. Una de las atracciones de la localidad, además de las geográficas, se remonta a los pintores que se reunieron allí en el siglo XIX para intercambiar experiencias; eran los macchiaioli, en alusión a las manchas de color que utilizaban para sus composiciones. 
 
A este grupo perteneció el napolitano Giuseppe Abbati que, como muchos otros románticos (la técnica de su pintura es impresionista) murió joven, a los 32 años. También como romántico participó en las luchas de los garibaldinos por conseguir la unidad de Italia y la república que no pudo ser.

En la obra de arriba, realizada en torno a 1860, vemos una muestra de su arte: los cipreses enhiestos y otros abatidos al lado de un camino solitario. Es un óleo sobre lienzo de pequeño formato (28 por 37 cm. que se encuentra en el Palacio Pitti de Florencia. Otros ejemplos de la pintura de Abbati son el “Paisaje de Castiglioncello” (1860), de tonos terrosos y observado a más larga distancia, “Claustro”, donde el autor concede mayor interés a unas piedras en primer plano amontonadas, sobre las que se proyecta la luz, mientras que el interior del claustro permanece obscuro (1861) y el “Retrato de una mujer”, también en el Palacio Pitti, realizado en 1865 aproximadamente. Aunque el tema es realista (la mujer está sobriamente vestida, de perfil y junto a una silla, su rostro denota la técnica impresionista, aunque las formas están más definidas que en otros impresionistas, sobre todo franceses.

domingo, 20 de mayo de 2018

España y el nacimiento de la República portuguesa



Con motivo del cambio de régimen en Portugal, a partir de finales de 1910, las autoridades españolas (estaba al frente del Gobierno el liberal José Canalejas) mostraron su preocupación por si los desórdenes del país vecino pudiesen contaminar a España. El historiador Javier Tusell, en su libro “Alfonso XIII, el rey polémico”, señala que hubo intentos de actuar militarmente por parte de España para restablecer la monarquía o para evitar el contagio.

A principios de enero de 1911 –dice Tusell- Canalejas pidió hablar con el embajador británico para hablarle de ello, pero que España no actuaría sin el concurso de Gran Bretaña. Sabido es que, al menos desde 1703, Portugal ha sido una colonia económica británica, por lo que los intereses de los ingleses debían quedar garantizados. También se habló de la posible unión entre los dos países, aunque manteniendo sus peculiaridades. Quizá una reedición de los reinados de los “tres Felipes”. Los británicos no estuvieron de acuerdo ni con una cosa ni con la otra, por lo que el asunto, por el momento, quedó olvidado.

Por su parte, el rey Alfonso XIII, ya desde el asesinato del rey portugués Carlos, había estado interesado en una política de solidaridad dinástica, lo que luego se demostró con el rey Manuel, el derrocado con la revolución republicana de 1910. La propuesta de Canalejas quizá pudo ser hecha para disipar toda posibilidad de intervención española, al poner en guardia a todas las partes interesadas. Entre los papeles de María Cristina (madre del rey español) –dice Tusell- se encuentran algunas referencias acerca de la posición en algunos medios de los dirigentes españoles. Canalejas, como se ha dicho, era contrario a la intervención, pero en un documento se lee: “García Prieto propició la Restauración [monárquica en Portugal] pero, ministro de Canalejas, no puede hacer mucho”.

La postura de Montero Ríos (suegro de García Prieto), así como el marqués de Riestra, fue partidaria de apoyar a los emigrados monárquicos que habían encontrado refugio en Galicia. El nuncio se hizo eco de las aspiraciones de Alfonso XIII sobre la unión ibérica aprovechando la crisis en Portugal. Parece que se preparó un ejército de unos 20.000 hombres y tanteado a los embajadores de Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos y Austria respecto de dicha intervención en Portugal, pero todos esos estados desaprobaron la propuesta.

Aunque esto no trascendió a la prensa de la época, Canalejas lo desmintió en público y Gabriel Maura publicó un artículo en el que decía que “la sola hipótesis de nuestra inmediata intervención en Portugal equivale a suponer presa de un ataque de vesania a todos los ministros españoles”. No obstante –decía el citado- si estallara una guerra civil en Portugal o las potencias europeas delegasen en España, las cosas podrían cambiar. Parece que en el verano de 1911 García Priego favoreció la introducción de armas e Portugal por deseo del rey para favorecer la restauración de la monarquía en el país vecino, a lo que Canalejas se opuso. Pero llegó un momento en que Portugal dejó de ser un problema para la monarquía española y los informes de la policía que llegaban al rey se referían más a los movimientos de españoles como Lerroux o Sol y Ortega que a los socialistas y anarquistas.

Los exiliados monárquicos portugueses intentaron en dos ocasiones, años 1911 y 1912, infiltrarse desde España a Portugal promoviendo una sublevación, pero fracasaron y así llegó el momento en que el Gobierno español reconoció al régimen republicano portugués.

(Ver aquí mismo “Galicia, base de operaciones monárquicas” y “Contradicciones de la primera República portuguesa”).

lunes, 30 de abril de 2018

El agrarismo político español

Procesión religiosa en San Lorenzo de la Parrilla (Cuenca)


En su tesis doctoral el historiador Luis Teófilo Gil Cuadrado[1] ha estudiado el agrarismo político español, su participación en la II República, el papel del Partido Agrario Español y la variedad de candidaturas y grupos agraristas que concurrieron durante el régimen citado.

Hubo un agrarismo de los grandes cultivadores del trigo, conservador y monárquico, inequívocamente derechista, pero también un agrarismo republicano, casi todo él en la derecha política, formado por las organizaciones patronales y algunos grupos de candidatos izquierdistas, como es el caso de Asturias. Lo que está clara es la disparidad política, centrada sobre todo en Castilla la Vieja y León, y con menor importancia en Castilla la Nueva, Andalucía, Asturias y Galicia.

En Andalucía el agrarismo político fue republicano y en Asturias hubo desde principios del siglo XX un agrarismo laico y republicano. En Castilla la Nueva, donde la hegemonía del latifundio fue evidente, nos encontramos con candidatos muy diversos. Como “agrario independiente” se presentó en Cuenca el antiguo diputado maurista Joaquín Fanjul, representante del caciquismo reinante sobre la base de su influencia en el área de San Lorenzo de la Parrilla. En Ciudad Real, el Partido Republicano Liberal Demócrata de Melquíades Álvarez incluyó, en calidad de “republicano agrario”, a José Manuel de Bayo, antiguo monárquico y, en aquel momento, Secretario de la Asociación de Agricultores de España. Otro candidato fue el marqués de Huétor de Santillán (Ramón Díez de Rivera y Casares) gran terrateniente y antiguo parlamentario del Partido Conservador.

El agrarismo católico y anticaciquil estuvo representado en Guadalajara por una candidatura “agraria republicana”, representante de pequeños y medianos campesinos. En Toledo, Tomás Elorrieta formó parte como “social agrario” de la Conjunción Republicana.

En Salamanca, Acción Castellana concurrió a las elecciones con un programa que incluía la enseñanza agropecuaria, el impulso de las Confederaciones hidrográficas, la intensificación del crédito agrícola, las exenciones fiscales para la sindicación agraria, una política comercial que englobaba la cuestión arancelaria, una ley de cooperativas y la reforma social del campo inspirada “en las normas de la sociología cristiana”. Abominaba –dice el autor al que sigo- del reparto de tierras, y Acción Castellana se mostraba partidaria de colaborar con otras organizaciones antirrevolucionarias, como la recién creada, con ideario parecido, Acción Nacional, y en realidad AC se convirtió en la rama salmantina de Acción Nacional, grupo aglutinante de la CEDA. La integraban, entre otros, Lamamié de Clairac y José María Gil Robles.

También en Salamanca surgió el Bloque Agrario, que declaraba su “adhesión sincera a la República”, con un programa para el “rebasamiento del principio de lucha de clases”, fijación de una tasa mínima para el precio del trigo, creación de un Ministerio de Agricultura, de un Banco Nacional Agrario y de un Cuerpo de Guardería Rural, atención a la enseñanza y a la repoblación forestal. El Bloque rechazaba el decreto de Términos Municipales del Gobierno republicano en el primer bienio y planteaba el problema de los arrendamientos y de las fincas abandonadas.

No obstante coincidir con el Bloque Agrario, Acción Castellana se diferenciaba en que no había hecho un manifiesto de adhesión a la República, pero en ambos casos se trataba de grupos conservadores que terminarían convergiendo bajo el impulso de Gil Robles, que señaló los objetivos de ambas organizaciones: ideario religioso, defensa de la familia y acatamiento de la República.

Los candidatos del Bloque Agrario fueron Lamamié, Gil Robles, Filiberto Villalobos y otros, incluyendo a miembros de varios partidos, como es el caso de la Derecha Liberal Republicana de Alcalá Zamora y el Partido Republicano Liberal Demócrata de Melquíades Álvarez, al que pertenecía el citado Villalobos. En su programa electoral se insertaron párrafos de las encíclicas sociales y promesas de parcelación de latifundios para crear “el mayor número posible de pequeños propietarios”. Se pedía el voto de los católicos “para los católicos” y, en un intento de atraer el voto del campesinado, García Orive pidió a los propietarios afiliados al Bloque una rebaja en un 30% de los arrendamientos a los colonos, la creación de un Banco de Crédito agrícola y un seguro de desempleo, propuestas que fueron rápidamente olivadas –dice Luis Teófilo Gil- tras las elecciones.

En Palencia también hubo un agrarismo conservador que tuvo por objetivo, entre otros, la unidad de España. Acatando la República, era partidario de una política regional para Castilla “para parar los ataques de otras regiones”. De acuerdo con el catolicismo social decía defender las doctrinas de Cristo y la propiedad privada, la parcelación de fincas no roturadas y la expropiación con indemnización de las tierras incultas. Propugnaba la repoblación forestal y el aprovechamiento hidráulico. Se oponía a la escuela única y defendían la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas además de la defensa de la fe cristiana, advirtiendo a los opositores “la repulsa viril”.

El dominador de la política palentina fue Abilio Calderón Rojo, que había sido ministro durante la monarquía por el Partido Conservador, con un programa en defensa del orden social y económico. Es un ejemplo de “vieja política”, como así mismo la que representó Antonio Royo Villanova, catedrático de Valladolid y antiguo diputado y senador de Izquierda Liberal Dinástica.

Otras candidaturas de “independientes” –dice el autor- cabe considerarlas agrarias, pues sus programas lo eran: es el caso de José Martínez de Velasco por Burgos, con otros, parlamentario de los partidos dinásticos durante la monarquía. Defendían en las Cortes Constituyentes la religión católica, la unidad de España, la familia, el principio de autoridad y el derecho a la propiedad, aunque facilitando el acceso de los colonos a la misma mediante la eliminación de extensiones improductivas. Aunque negaban su ligazón con partido alguno, estos personajes estuvieron en la derecha durante la República. Una candidatura católico-agraria fue, también en Burgos, la del canónigo Ricardo Gómez Rojí.

En Zamora la candidatura Republicana Independiente estuvo formada por el “viejo político” Santiago Alba: la propiedad era considerada un bien sagrado y se proponía la expropiación forzosa con indemnización. La reforma agraria que se pedía era de carácter “técnico”, la revisión arancelaria y la creación de un Banco Agrícola. Otros candidatos por Zamora proponían que se pusiese la mayor cantidad de tierra posible en manos del mayor número de hombres, y defendían una reforma fiscal que persiguiese la “riqueza oculta”.

En Segovia Rufino Cano había sido miembro del Partido Conservador, formó parte de los fundadores del Partido Nacional Agrario y era director del diario El Adelantado de Segovia, manteniendo claras relaciones con la Asociación Patronal de la Cámara de Comercio e Industria de Segovia. Otros candidatos de esta provincia representaban los intereses de los pequeños y medianos propietarios.

En Galicia el agrarismo estuvo ligado desde finales del siglo XIX a las izquierdas contra el caciquismo y el sistema foral. El PRR y la ORGA impulsaron la Confederación de Agricultores Gallegos y la Organización Agraria Republicana. Más tarde el Partido Galeguista heredó el programa agrario de las Asambleas de Monforte (1908). En A Coruña José Reino era abogado de Santiago, controlando importantes sectores campesinos de la comarca de Negreira. El feudo de Jaime Concheiro estaba en Ordes y también fueron candidatos el banquero Luis Cornide y el futuro ministro Leandro Pita. En Pontevedra destacó Basilio Álvarez, que extendió su influencia a Ourense en coalición con los socialistas.

En Murcia tuvo importancia Pedro Acacio Sandoval, cacique y terrateniente de Villarrobledo, antiguo miembro del Partido Conservador.


Vista de Villarrobledo, Albacete

Las denominaciones de las candidaturas agrarias reflejan más la forma externa que los contenidos en cuanto al régimen político: “agrarios”, “agrarios republicanos”, “federales agrarios”, “católico-agrarios”, “agrarios independientes”, “social y agrario”, “radicales agrarios”…

En cuanto a los resultados electorales los mejores se dieron, para el agrarismo, en Castilla la Vieja y León, donde influía la pervivencia de las antiguas elites y la implantación del agrarismo católico, el caciquismo y el predominio de la pequeña y mediana propiedad. Destaca la victoria en Burgos de las candidaturas de la Derecha Independiente y Católico Agraria. En Palencia el caciquismo se empeñó a fondo en la persona de Abilio Calderón; en Salamanca resultaron electos Filiberto Villalobos y los candidatos promovidos por el Bloque. En Segovia también fue el caciquismo quien favoreció a los agrarios y en Zamora destacó la personalidad de Santiago Alba.

En Andalucía ninguna de las candidaturas logró un apoyo electoral relevante; la única provincia que se puede destacar fue Cádiz por la personalidad de Mier-Terán. En Asturias los “federales agrarios” tuvieron unos buenos resultados electorales, herederos del agrarismo republicano y por la influencia del izquierdista Eduardo Barriobero.

En Galicia los “radicales agrarios” alcanzaron en A Coruña una “lucida votación”, dice el autor al que sigo, pero el caciquismo estaba también muy arraigado en esta región. En Castilla la Nueva los resultados fueron bastante pobres, salvo quizá en Cuenca por la influencia de Fanjul Goñi.

En las Cortes, los elegidos por las dos Castillas y León se convirtieron en la columna vertebral de la Minoría Agraria, mientras que a la Vasconavarra o las derechas republicanas, acabaron sumándose a los “federales agrarios” de Asturias (cuatro de sus miembros). También siguieron distintos caminos los agrarios coruñeses… 



[1] El partido agrario español (1934-1936): una alternativa conservadora y republicana”, 2006.

domingo, 22 de abril de 2018

Más sobre enemigos de la democracia



José María Albiñana

En un libro de Gil Pecharromán[1] se explica cómo los monárquicos alfonsinos conspiraron contra la II República española solo constituirse esta: “En sus orígenes, apenas proclamada la República, tuvo como eje a un grupo de nostálgicos primorriveristas, militares como los generales Barrera, Ponte y Orgaz y civiles como el conde de Vallellano y Santiago Fuentes Pila. Los conspiradores intentaron, ya desde mayo de 1931, atraerse el apoyo de los oficiales descontentos con las reformas azañistas y de monárquicos acaudalados, dispuestos a financiar un golpe de Estado. Se acercaron sin éxito a los carlistas, que iniciaban en Navarra la reorganización de sus milicias requetés, y al nacionalismo vasco, uno de cuyos dirigentes, José Antonio Aguirre, se entrevistó varias veces con el general Orgaz. Finalmente, los rumores de lo que se preparaba llegaron al Gobierno y Azaña creyó ponerlos fin en septiembre enviando a un destierro honorable a Orgaz y algún otro de los militares implicados.

Pero la trama apenas fue tocada y en los meses siguientes se integraron en su organización militares como los generales Villegas y Cavalcanti. Los conspiradores buscaron aproximaciones, aún mal conocidas, a una trama civil paralela, inspirada por el antiguo grupo constitucionalista de Manuel Burgos y Mazo y Melquíades Álvarez, quienes, con la colaboración del propio jefe del Estado Mayor del Ejército, general Goded, y quizá con alguna connivencia por parte de Lerroux, se disponían no a terminar con la República, sino a rectificar su rumbo, expulsando a la izquierda del Poder. En enero de 1932, el antiguo responsable de la Guardia Civil, general Sanjurjo, fue colocado al frente del cuerpo de Carabineros, un puesto de menor relieve, en lo que se interpretó como un castigo por sus críticas a la política gubernamental de orden público. Era lo que necesitaban los conspiradores para captar a un militar de gran popularidad. Poco después, Sanjurjo se convertía en responsable máximo de una conspiración tan confusa como mal organizada”.

El mismo autor sigue diciendo que el debate en las Cortes del Estatuto de autonomía para Cataluña y el desarrollo de las reformas militares contribuyeron a aumentar la determinación de los conspiradores. Los carlistas admitieron que, a título individual, sus seguidores colaborasen con los golpistas y el jefe del Partido Nacionalista Español, nacido en 1930, José María Albiñana, “se movía como pez en el agua en los círculos de la conspiración, en los que hacía valer la experiencia de sus Legionarios en la lucha callejera y su antigua amistad con los generales Barrera y Ponte.

Así se tuvo que batir la II República desde el primer momento: intentar dar solución a graves problemas seculares, modernizar España, establecer un régimen de libertades y democrático (que realmente nunca lo fue del todo), combatir el desorden público que venía de un lado y de su opuesto y lidiar con los conspiradores que no solo se manifestaron de forma palpable en 1932 y en 1936.

Albiñana es un ejemplo de contradicción donde los haya: antiguo liberal y anticlerical que incluso estuvo en contacto con Santiago Alba, visto que la carrera política que pretendía para sí se truncaba una y otra vez (llegó a apoyar a la dictadura de Primo cuando esta se agotaba, sin saberlo, claro) fue evolucionando hacia posiciones de extrema derecha, de un nacionalismo español rudo y nada racional, sin contenido ideológico salvo en la superficie… pero había sido un estudiante contestatario y violento, pretendiendo una notoriedad que nunca tuvo ni en un lado ni en otro del espectro político (su vida pública empezó cuando alboreaba el siglo XX y su muerte tuvo lugar en 1936). Fue pobre y rico, escritor infatigable, sarcástico político, en México hizo su fortuna que dilapidó, expulsado de ese país, estuvo varias veces en la cárcel en España y otras tantas se libró por la influencia de sus amigos. A la postre, el Partido Nacionalista Español, que fundó con el solo objeto de ser su jefe, pues nunca fue tenido en cuenta por fuerza política alguna, se diluyó en los grupos fascistas que encontraron su camino a partir de 1933 y durante la guerra civil posterior.


[1] “Sobre España inmortal, solo Dios”.

sábado, 17 de marzo de 2018

Pamplona, capital eclesiástica


Palacio de los obispos de Pamplona (http://www.viajesporsefarad.com/pamplona/)

Según Hilari Raguer[1], Pamplona fue, durante la guerra civil de 1936, la capital eclesiástica de España, pues en Navarra tenía una gran influencia el tradicionalismo carlista, en el que la Iglesia se apoyó no pocas veces.

El cardenal Gomá se estableció en Pamplona incluso después de que Toledo cayese en manos de los militares sublevados, y así mismo el obispo de Girona, Cartanyà; también monseñor Antoniuti cuando llegó enviado del papa. Igualmente el abad de Montserrat, Antoni Marcet, hospedado en el balneario de Belascoain facilitado por el obispo de Pamplona, Olaechea. Otro tanto el P. Carmelo Ballester hasta que fue nombrado obispo de León.

Olaechea prestó su palacio al cardenal Gomá para que este organizase una espectacular celebración del “dia del papa” el 14 de febrero de 1937, celebrando el XV aniversario de la coronación de Pío XI. Gomá venía de Roma y había sido nombrado representante confidencial del papa ante Franco, por lo que la ceremonia citada no cuadraba con dicha confidencialidad, pero a Gomá le importó poco.

En el palacio del obispo pamplonés estuvieron, en tal celebración, las autoridades eclesiásticas, militares y civiles. Sentado Gomá –dice Raguer- en el trono del obispo de Pamplona, “innumerables personalidades desfilaron para hacer un acto de acatamiento al Papa en la persona de su representante confidencial”. La crónica publicada en el Boletín del obispado decía: “Una comisión formada por los señores jefes del Ejército, Comandante Trías y Ordóñez, y por los de milicias, señores Ezcurra por el Requeté y Roca por Falange, trasladáronse al convento de las RR. MM. Josefinas para acompañar a Su Eminencia a palacio […]. En la plazuela revistó a las fuerzas. La banda de música interpretaba en este momento el himno pontificio. En la escalera aguardaban al primado los prelados. Organizose la comitiva yendo primero los Sres. sacerdotes funcionarios de las diversas dependencias de palacio; los señores antes citados, los señores Obispos y el Cardenal, con los cuatro jefes, que hacían escolta de honor al representante del Santo Padre. Pasó por entre dos compactas filas, que cubrían el recorrido desde el vestíbulo hasta el piso superior de palacio. Se oyeron algunos vivas al Papa…”. Y cuando Gomá se sentó en el trono tenía a sus lados a los obispos, a los jefes militares… comenzando un desfile con el Gobernador Militar, Carmelo García Conde, al frente. Mientras tanto los soldados luchaban y morían en los campos de batalla.

Luego vino el almuerzo “íntimo”, dice Raguer, con dos presidencias, en una estaba Gomá y otra por Olaechea, todos ellos rodeados de jefes militares y civiles. Cuando Gomá escribió al Secretario de Estado, Pacelli (futuro Pío XII) del acto, este contestó escuetamente, seguramente considerándolo inapropiado.

Como es sabido, aunque Gomá no aspirase a una dictadura, apoyó al general Franco aún antes de que el papa lo autorizase, como la inmensa mayoría de los obispos españoles. Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona desde 1935, mostró preocupación por los problemas sociales pero a la postre apoyó a los sublevados. En cuanto a Cartanyà, obispo de Girona, era un catalanista poco afecto a cuestiones políticas, pero intentó que Vidal i Barraquer firmase la carta pastoral de apoyo a los sublevados de 1 de julio de 1937.

Marcet, el abad de Montserrat en ese momento, era ante todo un hombre de Iglesia, preocupado por la cultura, pero se atuvo a lo que vio a su alrededor en cuanto a la guerra civil española. En cuanto al monje paulino Carmelo Ballester, no tuvo inconveniente en ser procurador en las Cortes franquistas entre 1943 y 1949 designado directamente por el general Franco.


[1] “La pólvora y el incienso. La Iglesia y la Guerra Civil Española (1936-1939)”, 2001.

domingo, 11 de marzo de 2018

El horror desde cerca




El Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid, muestra el horror de nuestra historia relativamente reciente entre el pasado mes de diciembre y el 17 de junio del presente año. El tren y los zapatos, estos son los dos elementos que la exposición sobre los campos de Auschwitz, y por extensión de todos los campos de exterminio, internamiento, concentración, etc. que llevó a cabo el nazismo, sintetiza de aquella monumental matanza.

Oswiezim es una pequeña población polaca, al sur del país, donde los nazis instalaron los campos para el mayor sufrimiento de judíos y gitanos, sobre todo. La ciudad se remonta al siglo XII como baluarte defensivo en una época de continuas guerras, pero su población era mixta (alemanes y polacos entre otros). Destruida a mediados del siglo XVII, luego quedó bajo dominio del imperio austro-húngaro. Famosa por la fabricación de vodka y otros licores, buena parte de la población vivía, por lo menos desde principios del siglo XX, del trabajo en la fábrica de una familia judía. Ahora Oswiezim es una plácida población a orillas del río Sola, muy cerca de su confluencia con el Vístula.

El lugar fue elegido por los nazis para construir cinco campos de concentración –en realidad de exterminio- y una prisión, de los que fueron liberadas las personas que no habían perecido a finales de enero de 1945, por uno de los ejércitos soviéticos al mando del mariscal Iván Kónev. Allí sufrió cautiverio Primo Levi, escritor que nos ha dejado testimonios espeluznantes de lo que vio y experimentó; pero también hubo gitanos, que llamaron porrajmos al exterminio que sufrió esta etnia a manos de los nazis. Se conservan algunas filmaciones sobre la vida de niños gitanos en un orfanato de la época.

La exposición muestra un buen número de carteles propagandísticos de los nazis en relación al territorio que habría de reconquistarse: no solo donde había mayoría de población alemana, sino aquellas tierras que antes habían sido alemanas y las que se necesitaban para esclavizar al mundo eslavo, judío y gitano. Debemos a Ludwig Neumann, fotógrafo alemán de origen judío, muchas fotografías que ilustran la vida durante el mandato de los nazis. Él mismo estuvo internado en Dachau durante poco tiempo.

En Auschwitz estuvo también Jan Komski, pero con nombre falso. Aunque consiguió escapar en 1942, pocos días después fue capturado, pero ahora con su verdadero nombre, lo que le libró de la muerte. A él debemos dibujos de la vida en los campos: cuerpos descarnados, miradas hundidas, semblantes sin esperanza, tristeza infinita…

En la exposición se ven botes del gas Zyklon B, fabricado con fines criminales por el conjunto de industrias colorantes, luego químicas, conocido como IG Farbenindustrie, del que formó parte la muy “respetable” Bayer, todavía hoy existente. Allí se habla de la conferencia de Wannsee, que preparó la “solución final” a principios de 1942, al suroeste de Berlín. El edificio de tres plantas, sobrio salvo en el centro de la fachada, con la cornisa curvada y dos columnas jónicas, no invita e pensar en tan atroces intenciones.

Pero también se nos habla de quien ha empleado parte de su vida a denunciar los crímenes del nazismo: es el caso, entre otros, de Serge Klarsfeld (su padre sufrió en Auschwitz la monstruosidad nazi). De origen judío y nacido a comienzos del III Reich, su labor de denuncia ha permitido poner al descubierto casos como el de quien llegó a ser Secretario General de la ONU, Kurt Waldheim, pero no solo. También tiene un interés extraordinario el álbum de Karl Hocker, conteniendo más de cien fotografías hechas por su autor durante su estancia en Auschwitz: “cámaras de gas y crematorios en donde diariamente se eliminan miles de vidas ante la pasividad y divertimento de los protagonistas de estas fotografías”. La exposición también muestra las viviendas de los militares al mando de los campos de exterminio, la felicidad de sus hijos, con árboles y piscinas, la pasividad de sus esposas, quizá orgullosas del estatus de sus maridos.

Enaguas, vestidos, batas de médicos asesinos, fotografías de nazis entregados a una causa terrible, gafas de los presos, objetos menudos de adorno o para ungüentos, cucharas, herramientas, una casa de barracón original, alambradas y postes, mil explicaciones, libros, objetos de culto judío, escenas de las costumbres gitanas, músicos para amenizar los pocos momentos de solaz, pero también piezas originales de los hornos crematorios, hierros, látigos…

La exposición, extraordinaria, permite interiorizar, mejor que de ninguna otra manera –como no sea habiendo vivido en aquellos campos de la muerte- lo que fue el holocausto, el régimen nazi, la locura de una población Europea que no podemos estar seguros de que haya aprendido la lección.


domingo, 4 de marzo de 2018

Conspiraciones carlistas



En un libro excelente (1) por la enorme cantidad de documentación utilizada, y por el escrupuloso método histórico empleado, Julio Aróstegui completa con mucho lo ya investigado sobre la participación de los carlistas españoles en la conspiración que llevaría a la guerra civil de 1936.

Apunta el autor citado que los carlistas constituían el único partido con experiencia militar propia debido a las guerras civiles que provocaron en el siglo XIX, pero también por la lenta y laboriosa formación del requeté desde el último cuarto del citado siglo. Las milicias de anarquistas, comunistas, socialistas y falangistas, por poner algunos ejemplos, no eran nada comparadas con la carlista. También se pone de manifiesto –si no estuviese claro ya- que lo único que unía a los que se levantaron contra la II República es acabar con el régimen democrático y social que representaba, independientemente de sus múltiples defectos.

El taimado Franco, que se sumó tarde al levantamiento, era monárquico, pero no así Mola y Cabanellas, mientras que Sanjurjo estaba alineado con el carlismo desde la influencia de un ascendiente suyo e igualmente Varela. Pero todo esto de nada valió porque Sanjurjo, Mola y Cabanellas murieron pronto, sirviendo la guerra para encumbrar a Franco, que puede no tuviese interés en que el golpe triunfase, porque de no haber guerra no se hubiera forjado su poder.

Fal Conde, andaluz que reorganizó el carlismo en su tierra y luego en el resto de España, estuvo en el centro de toda la conspiración, junto con el Ejército, para alzarse contra la República. En contacto por medio de terceros con Sanjurjo (exiliado en Portugal) y con Mola principalmente, quiso imponer un modelo de sublevación en el que el Ejército se sumase al carlismo como ideología para sustentar el régimen que deseaba: antidemocrático, tradicionalista, monárquico y con todos los ingredientes de una dictadura más o menos encubierta. Mola se encargó de deshacer esas pretensiones y siempre tuvo claro que el golpe era del Ejército y para el Ejército, aunque este podía aceptar de buen grado a todos los grupos contrarrevolucionarios que se sumasen, máxime el carlismo, que tenía las mejores milicias paramilitares ya en la preguerra y un espíritu combatiente avalado por todo un siglo de conflictos civiles.

Asombra que la República pudiese soportar las diversas oposiciones que tuvo durante su andadura, tanto desde dentro como desde fuera: al carlismo hay que añadir el fascismo, representado tanto por Falange como por las JONS y el pequeño grupo de Ramiro Ledesma, los seguidores de Calvo Sotelo y la CEDA, sobre todo desde el Parlamento, en contacto con los terratenientes y con el activismo de las Juventudes de Acción Popular. Añadamos lo más granado de la Iglesia, la oligarquía y la indisciplina del Ejército, que se expresó antes de la guerra en el alzamiento chapucero de Sanjurjo en 1932…

Julio Aróstegui señala en su libro que los primeros meses de la guerra fueron de fuerte voluntariado por sectores politizados tanto en un bando como en el otro: comunistas, anarquistas, socialistas, republicanos, fascistas, carlistas, etc. Fueron sus milicias las que dieron a la guerra de 1936 su carácter más genuinamente “civil”, aunque dichas milicias se fueron integrando –con más éxito en el bando sublevado- en las estructuras militares de cada uno de los dos Ejércitos enfrentados.

La conspiración de los carlistas –como otras- consistió en la preparación del golpe mediante el acopio de armas en cantidades que no se pueden cuantificar con exactitud, sobre todo porque algunas remesas nunca llegaron a manos de los solicitantes. Pero es evidente el esfuerzo del pretendiente Carlos Alfonso (desde Viena) y de su sucesor Javier (desde San Juan de Luz), así como de oligarcas que simpatizaban con el carlismo o eran opositores a la República.

Las negociaciones de Fal Conde con Mola fueron de una dificultad extraordinaria, sobre todo porque ambas partes no cedían en sus pretensiones sobre el protagonismo y eje del golpe y del régimen por venir. Hasta que solo unos días antes del 18 de julio Mola consiguió la adhesión sin miramientos del carlismo navarro, el más importante de todos, que traicionó a sus propias autoridades nacionales (pretendiente y Fal). Los carlistas navarros participaron en los primeros meses de guerra en el avance hacia Guipúzcoa, Aragón y el norte de Castilla, no quedando al resto del carlismo nacional más remedio que sumarse sin condiciones al golpe. Fal quiso crear una Academia Militar Carlista, pero las autoridades militares no lo autorizaron, lo que fue el factor, quizá, de que se exiliase en Portugal. El combativo Fal se pasó la guerra en el país vecino, aunque de haberlo querido detener, no le hubiese costado mucho trabajo a los jefes militares rebeldes.

Fal, sin embargo, fue coherente no aceptando altos cargos de responsabilidad en el régimen de Franco finalizada la guerra, lo que sí hizo el conde de Rodezno, convirtiéndose así en un burócrata al servicio del fascismo español. Rodezno ya había aceptado el Decreto de Unificación de Falange y de las JONS con el carlismo en abril de 1937, lo que desdibujaría durante todo el régimen a esos “legitimistas” tan testarudos durante un siglo.

Aróstegui aporta el dato de que los carlistas en armas (requeté) representaron aproximadamente un tercio de los que combatieron en nombre de Falange, pero esta tuvo algo con lo que no contó el carlismo: un aluvión de adhesiones de republicanos, izquierdistas o simples sospechosos que deseaban lavar su pasado presentándose como falangistas convencidos. Los de la primera hora, “los camisas viejas” (aunque no existían como tales con anterioridad a 1933) quedaron en minoría ante el alud de afiliaciones interesadas. Al fin y al cabo, carlistas y fascistas españoles aceptaron que el poder volviese a la oligarquía que había sido apartada del mismo durante buena parte del régimen republicano. A tenor de sus proclamas, no eran esas sus iniciales intenciones.

(1) "Combatientes requetés en la guerra...".