miércoles, 10 de agosto de 2016

Una autoridad venal en el siglo XVI

Podríamos hablar de cientos o de miles, en un siglo o en otro, en cualquier país. El ejercicio del poder público ha estado mezclado, frecuentemente, con abusos y enriquecimientos a favor de los titulares de la autoridad.

Durante el reinado de Felipe II de España fue virrey de Sicilia Marco Antonio Colonna, que tuvo que vérselas con las autoridades inquisitoriales en la isla, así como con otras en la Corte de Madrid, con cierta nobleza que en ocasiones constituyó su clientela y en otras su oposición. En 1578 –según un estudio de Manuel Rivero Rodríguez (1)- comenzó a ser visible el distanciamiento entre el virrey y quienes habían sido sus valedores en la Corte. Colonna parecía mostrar poco interés por los beneficios y prebendas que pudieran obtener sus amigos en Sicilia, lo que llevaría a la oposición de estos. El duque de Medina de Rioseco se enfadó con el virrey porque este le había prometido unas rentas del ducado pero fueron para un familiar de este, Pompeo Colonna. La ruptura con el secretario real, Mateo Vázquez, vino porque las rentas de la abadía del Parco, que este ambicionaba, fueron concedidas a un hijo del virrey.

Aquello funcionaba según las alianzas y enemistades que se producían según los intereses personales de cada uno de los nobles y/o funcionarios del rey, tanto en España como en Sicilia y los otros virreinatos de la época. La Corte española –dice Manuel Rivero- estaba altamente desarrollada en la técnica administrativa, pero convivía con formas de articulación del poder básicamente patrimoniales. Los ministros y servidores de Felipe II actuaban como filtro entre él y la realidad en un nivel muy cercano al valimiento. Así lo manifestó el cronista Carvajal: “no sabía ni entendía nada el Rey, porque todo se lo decían de otra manera de cómo pasaba”.

El sistema –dice Manuel Rivero- favorecía la formación de facciones en las que se mezclaban los intereses privados con los negocios oficiales. Los nobles, virreyes, inquisidores y corporaciones de Sicilia mantenían agentes en Madrid que velaban por los intereses de unos y otros. El virrey Colonna mantuvo un largo contencioso con las autoridades de la Inquisición: “Los inquisidores de España son temidos y respetados… por el favor y poder que V. M. les da con la jurisdicción temporal, de lo que se deduce que si falta la una falta la otra” (la espiritual).

La muerte por envenenamiento del marqués de Giuliana en 1579 llevaron las sospechas sobre la autoría a su esposa, hermana del duque de Terranova (Carlo d’Aragona) y Colonna empezó una investigación que terminaría en nada. D’Aragona utilizó toda su influencia ante el virrey Colonna para que el crimen quedase sin castigo, pero este continuó adelante con la investigación, lo que colocó al duque de Terranova, en adelante, contra el virrey, por lo que este decidió el traslado del duque a España (era comandante de las galeras del reino de Sicilia). Pompeo Colonna, primo del virrey, aprovechó entonces para hacer negocio y cargó tanto las naves con mercancías de contrabando que naufragaron cerca de Nápoles, pero el virrey obstaculizó todo intento de acción penal contra Pompeo.

En los interrogatorios de una visita realizada por funcionarios reales a Sicilia, se puso de manifiesto una reiterada protección del virrey a los miembros de su familia y a su clientela, y aún el propio Colonna utilizó su cargo público para favorecer sus actividades privadas e incluso para delinquir a su amparo.

El barón de Scaletta fue indultado (había sido condenado por sodomía) por influencia de la hermana del virrey, y Vicenzo de Espuches, negociante con los litigantes, tenía el apoyo de Gerónima Colonna a cambio de dinero. Colaboradores del virrey como Gambacurta, presidente de la Sacra Conciencia, y Cifontes, presidente de la Gran Corte, también participaron en asuntos similares. Los miembros del Tribunal del Patrimonio contrabandeaban con tal impunidad que se sospechó se habían cohechado tribunal y virrey en estos negocios. La práctica del gobierno de Colonna fue similar a la de sus predecesores y eran admitidas como algo inherente al ejercicio del poder.

En realidad la nobleza, o parte de ella, tenía hábitos delictivos arraigados: en 1579 la Gran Corte instruyó diligencias contra el conde de Homiso, Gaspar de Naselis, por perpetrar asaltos, saqueos y secuestros para pedir rescate en las tierras de Homiso, Ragossa, Scilli y en el condado de Módica, entendiéndose que se podía emprender una acción judicial en su contra porque como señor de vasallos era oficial Real. También el conde de Assaro fue procesado y condenado en 1581 por delitos cometidos en tanto que barón, es decir, oficial del Rey. Igual el barón de Milistello en 1582 y Martín Timpanaro, barón de Casteluzzo, condenado por encontrársele bandido.


(1)  “Corte y ‘Poderes provinciales’: el virrey Colonna y el conflicto con los Inquisidores de Sicilia”, Cuadernos de Historia Moderna, número 14, Madrid, 1993.

lunes, 8 de agosto de 2016

Un inquisidor en las Cortes de Cádiz

Antigua sede de la Inquisición en Llerena

Felipe Lorenzana ha publicado un interesante trabajo sobre el papel jugado por el inquisidor de Llerena, Francisco María Riesco, en las Cortes gaditanas a principios del siglo XIX (1). Riesco fue una importante figura en la Extremadura de la época, presidiendo la Junta de la región durante la guerra antinapoleónica. Había nacido en Madrid en enero de 1758 de una familia acomodada, pues su padre era médico. Buena parte de su vida se la pasó estudiando, pues independientemente de su ideología afín al Antiguo Régimen, defensor de la Inquisición, su formación fue importante, sobre todo en el campo del Derecho y de la Historia.

Hecho clérigo, en 1790 es inquisidor de Cartagena de Indias, siendo ya doctor y habiendo superado las pruebas de limpieza de sangre. Pero en 1797 le vemos como canónigo en la catedral de Zamora y en 1802 publicó en Valladolid un “Discurso histórico” sobre la Inquisición; inquisidor en Llerena, se ocupó de cuestiones como la libertad de expresión, libros prohibidos de origen francés y prohibición de comedias.

A finales de 1808 las autoridades napoleónicas suprimieron la Inquisición y secuestraron sus bienes, aunque la Junta Central no adoptó decisión alguna al respecto. Riesco, al frente de la Junta de Extremadura, se ocupó del abastecimiento del ejército y paisanos que luchaban contra el francés, disponer la vigilancia, coordinar el trabajo de los espías, pagar a confidentes, ejecutar el presupuesto disponible, recaudar las rentas, implicar a los eclesiásticos en los costes, castigar a los que no obedecían, garantizar las comunicaciones (sobre todo en función del correo) premiar a los patriotas y a los desertores del otro bando, etc.

Intentó Riesco que la Inquisición de Llerena mantuviese su independencia respecto de la Junta, aún siendo él mismo la máxima autoridad de ambas, y ante los peligros de la guerra, mandó el traslado de la sede inquisitorial a Puebla del Conde. En la Isla de León primero y luego en Cádiz, tomó parte en las Cortes que aprobarían las leyes para un nuevo período histórico de España y su primera Constitución. Debe tenerse en cuenta que casi un tercio de los diputados eran eclesiásticos, entre ellos Riesco. Este se ocupó de salvaguardar “los derechos de la Iglesia”, sobre todo los temporales, porque los espirituales rara vez estuvieron en peligro.

La primera intervención de Riesco en las Cortes fue para mostrarse contrario a la libertad de prensa, ley en la que se demuestra la influencia de los eclesiásticos, pues los escritos de tema religioso quedaron al margen de la misma. Participó Riesco en la comisión sobre la venta de propios y baldíos (1811) proponiendo que una comisión examinase estas enajenaciones que, en principio, favorecerían –como así fue- a los que disponían de recursos en desventaja para los que no.

Intervino en las Cortes tras la caída de Badajoz a manos del francés, así como por las batallas de La Albuera y Arroyomolinos. Votó en contra del artículo 91º, que impidió a los religiosos regulares ser elegidos diputados, y criticó el 22º por poner demasiadas exigencias a los descendientes de esclavos africanos para adquirir la nacionalidad española, más incluso –como recordó Riesco- que en la antigua república romana, y de igual manera estuvo en contra del artículo 29º por el que las “castas libres” de América quedaban excluidas del proceso electivo. Por supuesto defendió la existencia de la Inquisición cuando se discutió y aprobó su disolución, demostrando un gran conocimiento sobre dicha institución: que las bulas fundacionales se encontraban en el convento de Santo Tomás de Ávila y en Simancas, y recordó las bulas de los papas por las que –dijo- las Cortes no tenían jurisdicción para eliminar la Inquisición. De tal manera la defendió que incluso intentó su encaje en el sistema liberal.

Felipe Lorenzana, en la obra que comento, señala que Riesco no mostró el menor sentimiento ni compasión cristiana con las víctimas de los autos de fe, arremetiendo contra “moros, judíos y herejes”, y de hecho existen hoy revisiones historiográficas que señalan el papel de la Inquisición encauzando legalmente la violencia social… Citó a Felipe II cuando comparaba la situación de sus reinos con la Francia de su época: “con veinte clérigos… tenía sus reinos pacíficos, cuando la Francia se despedazaba con las opiniones de los sectarios”, pero olvidó recordar la guerra morisca y las muchas de Flandes. Rechazó, pero no tuvo éxito alguno, que la Inquisición no carecía de garantías procesales, y que aún teniendo los reyes la soberanía, no podían dar leyes a la Iglesia, acusando a los que defendían lo contrario de jansenistas.

Riesco no supo, o no quiso reconocer, que la mayoría de los miembros de la Suprema (máxima autoridad inquisitorial) habían prestado juramento a Napoleón en Bayona, y que el inquisidor general, José Ramón de Arce, dimitió y se adhirió a la causa francesa. No quiso ver que muchos diputados contrarios a la Inquisición fueron también enemigos del francés, y que las obras del padre Mariana, a quien Riesco cita en apoyo de sus tesis, habían sido prohibidas por el Santo Oficio.

Otros diputados recordaron a Riesco las medidas de terror de la Inquisición, y que sus castigos solo servían para radicalizar a los herejes. Citando la ley II, título XXVI, partida VII, recordaron que los obispos estaban facultados para las causas de fe sin necesidad del alto tribunal que se trataba de eliminar. El escrutinio, noventa a favor y sesenta en contra, revela que los seguidores de Riesco no eran pocos. Este fue recuperado por el absolutismo fernandino a partir de 1814 y luego no sufrió represalias durante el trienio que comenzó en 1820.

        (1)  “El último inquisidor…”, Sociedad Extremeña de Historia, Llerena, 2014.


martes, 2 de agosto de 2016

Una obra de Charles Degroux



En Comines, muy cerca de Rubaix, en el límite entre Francia y Bélgica, nació en 1825 Charles Degroux, pintor, grabador y dibujante de nacionalidad belga. El  edificio más notable de Comines es el Ayuntamiento, construido un siglo más tarde del nacimiento de Degroux.
 
Una obra suya, de la etapa de madurez (1861) es la titulada “Dando gracias”, un óleo sobre lienzo de 80 por 154 cm. que se encuentra en el Museo Real de Bellas Artes de Bélgica (Bruselas). La escena es de una familia rural y pobre, reunida a la mesa en un ambiente sombrío, antes de comer probablemente. No obstante, el pintor murió joven y se enmarca en el realismo de su época. 

“El padre, en medio, da gracias en pie, mientras la madre y los niños están silenciosos con los ojos cerrados, en meditación”, dice Dominique Marechal. La habitación es sobria e incluso pobre, sin adornos, con la pared del fondo algo iluminada para que resalte la silueta del padre, mientras que los personajes, de espaldas, de frente o de tres cuartos, están en torno a un gran caldero, se supone que conteniendo el único plato de la comida.
 
El artista está considerado como uno de los primeros representantes del realismo social en Bélgica y la obra ocupa un lugar muy especial en el conjunto de las del autor. La familia es numerosa, como lo eran las de la época, en los rostros que se ven no asoma un ápice de alegría –aparte el momento representado del rezo- y las sombras parecen dominar claramente la escena. Los colores diversos no son llamativos, predominando los oscuros en contraste con el blanco de las camisas y los velos.

lunes, 1 de agosto de 2016

Pierre de Coubertin: no es oro todo lo que reluce



Si Pierre de Coubertin hubiera sabido que le quedaban pocos años de vida, probablemente no se hubiese prestado a la farsa que los colaboradores de Adolfo Hitler prepararon para los Juegos Olímpicos de 1936. Los nazis, como es sabido, llevaban tres años en el poder y ya habían demostrado cuales eran sus modos, su régimen… y aún quedaba lo peor. 
 
Exiliado en Ginebra vivía al parecer pobremente, además de sufrir algunas desgracias familiares que, sin duda, amargaron sus existencia. Es sabida su afición al deporte, no tanto por haberlo practicado cuanto por los esfuerzos que dedicó para reeditar los Juegos Olímpicos de la era moderna. 
 
El régimen nazi dividió a buena parte de la sociedad europea y americana –sobre todo- sobre la oportunidad de participar en las olimpiadas de 1936 en Berlín. El Gobierno francés, presidido por el socialista Léon Blum, llevó el asunto al Parlamento y allí se dio la misma división. España, por su parte, estaba en su particular guerra civil y no se planteo enviar a delegación deportiva alguna. 
 
Los colaboradores de Hitler veían peligrar los juegos en Berlín si las autoridades olímpicas decidían –presionadas- designar a otra ciudad, no alemana, para los juegos. Entonces es cuando la burocracia alemana se pone en marcha para viajar a Ginebra, entrevistarse con Pierre de Coubertin, ofrecerle una serie de reconocimientos y prebendas, una buena cantidad de dinero, a cambio de que con su prestigio en el mundo del deporte, apoyase los juegos de Berlín. Allí se discriminó a los atletas judíos y se utilizó a los negros para no caer en la evidencia más palpable. 
 
El barón aceptó: no sabemos si por las estrecheces económicas que pasaba o porque no tuvo especiales escrúpulos en apoyar a un régimen –implícitamente al menos- tan terrible como el nazi. Los reconocimientos a su labor a favor del deporte están fuera de duda, su comportamiento político es bastante más negro.

Clérigos masones y comuneros


Ruinas del convento del Carmelo en Budia (Guadalajara)
El profesor Pedro Olea ha publicado una obra[1] en la que muestra las relaciones entre la Iglesia y la masonería, a partir de la documentación que se guardó en el Archivo de la Nunciatura de Madrid y que ahora se encuentra en el Archivo Vaticano.

A finales de 1814 era Secretario de Estado el cardenal Hércules Consalvi, que a finales del siglo XVIII había estado preso en Roma dentro del proceso de la Revolución Francesa. Se trataba de un noble que, a partir de 1814, jugó un importante papel en la defensa de las monarquías absolutas, una vez derrotada la Francia napoleónica. Un noble absolutista y otro, Cipriano Palafox y Portocarrero, conde de Montijo, que en España colaboró con el rey José, se afilió a la masonería y fue un confeso liberal.

Toda la burocracia vaticana se puso en marcha para combatir a la masonería poniendo “un dique” a “la secta de los llamados francmasones, carbonarios…”. En el caso de España se encargó del asunto a la Inquisición, repuesta por el rey Fernando VII tras su vuelta de Francia, y aquella, en manos de Mier y Campillo, se propuso actuar “con suavidad y dulzura” contra la masonería. Se invitó a que las personas que se habían afiliado a la masonería o al liberalismo abjurasen de ello mediante confesión ante los sacerdotes, que expedirían el correspondiente documento acreditativo, pero “si había personas a las que repugnaba el documento, los confesores quedaban facultados para absolverlos igualmente”. Mier había presidido la Junta local de Defensa en Vélez Rubio desde 1808, pero luego tuvo que andar huyendo de Cartagena a Mojácar: un absolutista en toda regla.

Durante el trienio 1820-1823 la masonería –dice el autor al que sigo- volvió a crecer, siendo Gran Maestre del Oriente Nacional el Conde de Montijo y esto fue lo que le llevó más tarde a ser apresado en Santiago de Compostela. En 1818 Pío VII había publicado una bula contra los carbonarios que afectó entre otros al exministro Argüelles, otro que tuvo que sufrir prisión ya en 1814 (Ceuta) y luego en Alcudia.

Los obispos españoles se fueron pronunciando sobre el asunto, el primero el de Jaén, e incluso uno, el de Santander, especuló con la posibilidad de que algún día “no sea posible restablecer el Santo Tribunal de la Inquisición”, lo que añadiría, a su juicio, una dificultad para luchar contra las sociedades secretas, particularmente la masonería. El obispo de Lugo, José Antonio de Azpeitia, consideró que publicar la bula papal “desconfío que produzca nada…”. ¿Y si había miembros del clero afiliados a sociedades secretas? A la Iglesia se le planteó un problema, porque tanto ellos como los laicos eran reos de lesa majestad y “las antiguas leyes de España no habían respetado nunca la exención del clero” en esta materia.

Tras la bula de Pío VII varios miembros de sociedades secretas se presentaron ante las autoridades y aportaron importantes revelaciones, aunque la eficacia de la bula había quedado bastante disminuida. Otro decreto favoreció las retractaciones, que hasta el momento habían sido pocas, además de preservar la inmunidad de los eclesiásticos que se hubieran adherido a las sociedades secretas. Uno de estos –según Pedro Olea- fue el canónigo de Osma, Eusebio Campuzano, que había pertenecido a los comuneros durante el trienio liberal.

Más tarde, el papa León XII publicó una encíclica (Ubi primum) que condenaba de nuevo a las sociedades secretas, lo que llevó a una abierta controversia entre el nuncio y el obispo de Teruel, Felipe Montoya Díez, que no había publicado el documento del anterior papa. Por su parte, Fernando VII, en 1824, publicó un decreto por el que se concedía indulto y perdón a todos, exceptuados los que habían pertenecido a sociedades secretas, pero aún así el obispo de Teruel estuvo en desacuerdo, porque su intención fue que sufrieran persecución no solo los que se habían mostrado anticlericales sino los que habían simpatizado con el liberalismo.

Pero el nuncio siguió recomendando una obra de pacificación entre unos y otros, mientras que el obispo de Teruel había considerado al trienio como una persecución para la Iglesia, e incluso acusó al nuncio, Giustiniani[2], de haber procedido con ligereza en la secularización de religiosos. Este nuncio explicaba al obispo de Teruel que debía considerar si estaba equivocado, pues los demás prelados habían aceptado las medidas papales y del rey, pero Montoya identificaba al conspirador político con el hereje, lo que no estaba dispuesto a hacer el nuncio. Montoya estuvo también en contra de las disposiciones legales sobre el pago del medio diezmo (exigía que el diezmo se siguiese cobrando íntegro por parte de la Iglesia), etc.

El obispo de Tortosa, Víctor Damián Sáez[3], habla de un sacerdote afiliado a los comuneros, mientras que León XII, en 1825, publicó su constitución Quo graviora, que reiteraba las condenas contra las sociedades secretas. Luego vinieron las respuestas a dicha constitución por parte de los obispos: el de Mondoñedo, Bartolomé Cienfuegos, se lamentó de que “faltaba el gran baluarte de la Inquisición”; el de Cartagena, el de Granada, el de Sigüenza, el de Córdoba, el de Zamora… El de Osma, Juan Cavia González, publicó en 1827 una pastoral en la que lamentaba que los trastornos provocados por los masones no se hubieran limitado al orden civil, constatando que estos ya se habían infiltrado en las cortes sin que los reyes los apartasen y recordó la necesidad de los “rayos del Vaticano” para combatirles.

Una logia masónica descubierta en Granada llevó a cinco de sus miembros a ser ajusticiados, “pero fueron más los que lograron huir”. En dicha ciudad y en Málaga hubo abundantes arrestos de masones. A partir de 1850 el autor al que sigo constata la presencia de sacerdotes en las sociedades secretas: Tomás Pastor, párroco del Salvador de Elche, del obispado de Orihuela. Pendiente de una sentencia del tribunal de la Rota para ser o no repuesto en su curato, su obispo, Félix Herrero Valverde, hizo cuantas gestiones pudo para que el tribunal eclesiástico dejase sin curato al acusado, pero la Rota mandó reponer en su cargo al párroco, no obstante haber pertenecido a sociedades secretas. Igualmente repuso en su curato al párroco de Villanueva de Castellón (cerca de Játiva) diócesis de Valencia.

El obispo de Orihuela no cesó en su empeño y consiguió del ministro Calomarde que apartara a los dos curas de sus parroquias, “dejándoles para su sustento la congrua sinodal sobre la renta y productos de su curato".

En 1833 el obispo de Ibiza, Basilio Carrasco Hernando, tenía a tres curas suspensos de sus curatos y a un beneficiado, los cuatro comuneros. Un canónigo tesorero de Granada, Francisco Ruiz Navamuel, fue nombrado obispo de Astorga, pero acusado de pertenecer a los comuneros, fue advertido y renunció al obispado. Una carta de Francisco Lorente, rector de Maicas (norte de la actual provincia de Teruel) dice: “ha llegado a mí noticia … que en esa corte hay una suciedad de malos sacerdotes antipapistas finos…”. La carta va dirigida al nuncio Brunelli (en España a mediados del s. XIX) y le recomienda “guárdese de ellos por Dios”.


[1] “Iglesia y Masonería. El Archivo de la Nunciatura de Madrid. 1800-1850”.
[2] Había sustituido a Pietro Gravina.
[3] Había nacido en Budia, Guadalajara, en 1776.

domingo, 31 de julio de 2016

Brujas y hechiceras




Según Gustav Henningsen[1], mientras que en la mitad norte de España se daba tanto la brujería como la hechicería, en el sur solo se daba esta última. El autor citado ha estudiado “las miles de causas contra ‘supersticiosos’, como los llamaban los mismos inquisidores”, además de los casos contra judaizantes, moriscos, ‘luteranos’, alumbrados, proposiciones y blasfemias, bigamia, […] solicitantes, actos contra el Santo Oficio… y ‘varias’”. La tierra de las brujas españolas es el Norte, dice el autor citado. Si se traza una línea imaginaria que desde Valencia pase por Toledo y entre en Extremadura, aquella es la divisoria entre el mundo del norte y el del sur en esta materia.

También el autor ha investigado los casos de homosexuales, abundantes, pero en los territorios de Castilla, incluida Galicia, no se castigaba la homosexualidad, contrariamente a la actitud de la Inquisición en la corona de Aragón. Distingue entre brujería y hechicería, esta última magia maligna. La brujería es una ofensa imaginaria, puesto que es imposible. Un brujo, en cuanto tal, no tiene capacidad para hacer el mal, pero el hechicero puede hacer magia con la intención de matar a sus vecinos. La magia no matará a las víctimas, pero el hechicero puede, y sin duda, a menudo, practica la magia con dicho fin. Los inquisidores españoles de los siglos XVI y XVII ya distinguieron entre brujería y hechicería, y lo mismo hizo el historiador Lea cuando publicó su obra en 1888.

Henningsen ha estudiado el caso de la Inquisición contra una morisca de 1584, vecina de Villanueva del Fresno, al sur de la actual provincia de Badajoz. Fue testificada de “cosas de brujas, chupar criaturas y andar de noche con torteras en la cabeza”, lo que el autor identifica con velas encendidas como señala la tradición popular en Galicia con la Santa Compaña. La mayoría de los casos son de mujeres; de hombres solo ha estudiado el autor un par de “encomendadores del ganado”, pero no hay saludadores, hombres nacidos con el don para curar la rabia y otras enfermedades. Tampoco ha encontrado magos eruditos, como astrólogos, exorcistas, nigromantes, quirománticos, que abundaban en otras partes de la península.

Henningsen dice que en el siglo XVII vivía la mayoría de la gente según dos idearios: uno cristiano y otro mágico. Eran “biculturales”. Uno de los ritos era la “suerte de las habas”, descrito en el proceso contra una mujer de Jerez de los Caballeros, al suroeste de la actual provincia de Badajoz: la adivina tomaba dieciocho habas diciendo que la mitad eran machos y la otra mitad hembras. Dos de las habas las metía en la boca y las restantes, con otros elementos (alumbre, un paño colorado, un paño azul, una piedra de azufre, un poco de carbón…) las esparcía sobre la falta de su basquiña y, según caían las habas, así sería una suerte o la otra.

Otras maneras eran la suerte del uso, la del rosario, la del cedazo y las tijeras[2] o la de las gotas. Esta pretendía adivinar si un hombre y una mujer se querían o no. En Jerez de los Caballeros hubo una hechicera en torno a 1620 que practicaba la “oración de San Erasmo” para atraer a una persona aunque estuviese “en el cabo del mundo”. Muchas hechicerías estaban relacionadas con la vida amorosa; había una fórmula por la que la esposa conjura a su marido para que desprecie a todas las demás mujeres…


[1] “Los inquisidores de Llerena y el universo mágico del sur”. 2014.
[2] Esta en Galicia

miércoles, 27 de julio de 2016

Españoles en Italia


El año 1849 es uno de los más importantes en el proceso de unificación e independencia de Italia, aunque los patriotas sufriesen derrotas de las que no se podrían desquitar hasta diez años más tarde. Oudinot fue un general francés que llegó con su ejército en dicho año a Civitavecchia para sitiar Roma. La llegada fue por mar y de ahí la elección del puerto italiano próximo a Roma. Con él soldados españoles enviados por el moderado régimen liberal de Narváez y la reina Isabel II. ¿Qué hacían los españoles en Italia, ayudando a un ejército, el francés, enviado por un régimen republicado, aunque con Luis Napoleón a la cabeza?

Se trataba de abolir la República romana que había enviado al papa a Gaeta, le había desposeído de su poder temporal y por lo tanto de sus territorios. ¿Iba Italia a encaminarse por la vía republicana cuando ya la monarquía saboyana había comenzado el proceso de arrebatar los territorios del norte al imperio austríaco? El proceso de independencia y unificación de Italia fue complejo: liberales con nacionalistas, lombardos con napolitanos, venecianos con toscanos… pero monárquicos con republicanos, el caso era conseguir la unión de los italianos y la expulsión de los poderes extranjeros. El papa se empeñaba en seguir con sus posesiones en el centro de la península y ello entorpecía las aspiraciones de monárquicos y republicanos de Italia.

La Francia de Luis Napoleón deseaba influir en el proceso italiano (se quedaría co parte de Saboya y Niza) y el conservador Narváez intentaba atraerse al papa para que reconociese el régimen liberal de Isabel II, lo que todavía no se había dado. Dos años más tarde, en 1851, se firmaría un Concordato entre España y el Vaticano con grandes ventajas para este (control de la enseñanza, devolución de los bienes expropiados al clero y todavía no vendidos, etc.). Los republicanos romanos pagaron las consecuencias de dos estados que iban a lo suyo.


lunes, 25 de julio de 2016

La isla de Caprera

La isla de Caprera, a la derecha

Por el puente Benvenuto Cellini se llega desde La Magdalena a Caprera, donde el “abanderado de la libertad”, Garibaldi, estuvo preso en dos ocasiones. Tras las campañas de 1849 por la independencia y unificación de Italia, desastrosas para los patriotas, Garibaldi huyó a Venecia y allí fue hecho preso por los franceses, que lo recluyeron en el islote de Caprera, al norte de Cerdeña.

Casi directamente, se encuentra la casa y la tumba de Garibaldi y más al norte el Museo Nacional Garibaldi, en el cual se guardan fondos de las acciones garibaldinas en América y en Italia. Este museo es consecuencia del aprovechamiento de la fortaleza Arbuticci. Aquí se pueden ver objetos, gráficos y una biblioteca.

El resto es un conjunto geográfico donde las alturas casi no existen, su perímetro es sinuoso, formándose golfos y ensenadas, cabos y entrantes profundos del mar en la tierra. La forma de la isla, con un poco de imaginación, es la de un personaje que huye apresuradamente hacia la vecina Magdalena, gesticulando con los brazos y con un gran espolón en uno de sus pies…

Garibaldi consiguió huir de Caprera para reiniciar su lucha a favor de una Italia unida y liberal, diríamos que democrática y republicana, pero en 1867 fue capturado de nuevo por los franceses en Florencia, que lo enviaron de nuevo a Caprera, donde estaría preso once años, hasta 1878, cuando ya Italia había conseguido ser un estado unificado desde 1861.

¿Qué hizo que las nuevas autoridades lo mantuviesen en Caprera hasta tan tarde, solo cuatro años antes de su muerte? La monarquía de Víctor Manuel II no querrían a un guerrillero más próximo a las aspiraciones republicanas, a las aspiraciones del pueblo bajo. El que protagonizó tantas victorias a favor de los italianos, el que arriesgó tantas veces su vida, el que sufrió tantas amargas derrotas, no vio reconocidos sus esfuerzos y su contribución, decisiva, hasta más tarde, cuando ya no pudo saber como le recuerda el mundo.

domingo, 24 de julio de 2016

Un papa contra su tiempo



Belluno, patria chica de Gregorio XVI

La obra de Roberto Marín Guzmán[1] pone de manifiesto hasta que punto un papa, que es al mismo tiempo autoridad máxima de una Iglesia y de un Estado, no entendió los tiempos que estaba viviendo y se empecinó en enfrentarse a casi todos sin resultado práctico alguno. Sus errores los heredó el sucesor Pío IX.

Gregorio XVI había nacido en una pequeña población del nordeste de Italia, cercana a Venecia, en 1765, por lo que tuvo ocasión de conocer la obra de los ilustrados europeos, los resultados de la Revolución Francesa y de otros movimientos liberales durante su vida (murió en 1846, antes de que se produjeran los grandes movimientos revolucionarios en casi toda Europa de dos años más tarde).

Accedió al papado en 1831, seguramente asustado por lo que había ocurrido en Francia un año antes, en Bélgica después y en otras regiones europeas. Muchos italianos fueron desterrados por los gobiernos locales italianos tras las revueltas de 1820 y 1821. La muerte del emperador austríaco, Francisco I, campeón del absolutismo, en 1835, debió hacer ver a Gregorio XVI que se enfrentaba a un tiempo contra el que había que encerrarse en la tradición. Mientras tanto, los italianos desterrados hicieron pública la proclama que lleva por título “De los Alpes al Etna”, en la que señalaban que “no puede existir libertad sin independencia [en alusión a Austria], ni independencia sin fuerza [en alusión a la necesidad de la lucha armada], ni fuerza sin unidad. Nos aferramos pues a fin de que Italia sea en breve Independiente, Una y Libre”.

Poco después de haber sido elegido pontífice, Gregorio XVI se enfrentó a una violenta revuelta que llegó a convertirse en una verdadera sublevación. Aprovechándose del levantamiento, la familia Bonaparte, desde Bologna, participó contra el papa proponiendo el destronamiento del mismo, escribiendo Luis Napoleón: “El papado no pertenece a nuestro siglo”. A esto se sumaron muchos en la Romagna.

Por su parte estaba el clérigo Lanmenais (1782-1854): este personaje, que evolucionó hacia un tipo de socialismo de raíz cristiana, “abandonó la Iglesia, se hizo librepensador y se convirtió en fautor de una filosofía panteísta y del socialismo que empezaba a organizarse…; escribió contra la Santa Sede, en 1848 fue elegido diputado en la asamblea nacional y murió fuera de la Iglesia”.

El papa publicó contra Lanmenais la encíclica “Mirari Vos Arbitramur” (1832) en la que exponía “los males presentes” (liberalismo y sus ramificaciones) la necesidad de ser fieles a la tradición de la Iglesia, hasta el punto de que uno de sus títulos dice “La doctrina de la Iglesia no permite críticas”, y otro “La Iglesia… no requiere nunca restauración ni regeneración”, contra la libertad de conciencia, etc. Como es sabido, pontificados posteriores han venido a desdecir lo que Gregorio XVI se empeñó en asegurar sin miramientos.

[1] “Estudios históricos sobre la Iglesia: las crisis políticas de los pontificados de Gregorio XVI… y de Pío IX...”.

viernes, 22 de julio de 2016

"Imposturas del pontífice rey y de su satánica curia"






María José Vilar[1] ha publicado un estudio sobre la polémica suscitada en el mundo católico cuando el papa Pío IX quiso establecer el dogma de que la virgen María, madre de Jesús, fundador del cristianismo, lo había concebido sin participación de varón, es decir, era inmaculada. Tamaña monstruosidad levantó oposición en varios países europeos y entre teólogos que no estaban dispuestos a comulgar con ruedas de molino. Pero el papa aprovechó que estaba en horas bajas (iba a perder su poder temporal a manos del reino de Italia) y se empeñó en demostrar que lo que él imponía iba a misa, como dieciséis años después impuso también en el Concilio Vaticano I que el papa es infalible en determinados casos, otra monstruosidad a la luz de la razón.

Dice la autora citada que lo de considerar a la virgen María inmaculada había arraigado en España desde el siglo XVII, pero todavía no era dogma y en el país citado la opinión a favor era casi unánime, hasta el punto de que el propio rey Felipe IV solicitó reiteradamente dicha declaración dogmática pero sin éxito. Los papas, entonces, eran menos osados que Pío IX.

Entre ciertos grupos intelectuales hubo oposición a la declaración dogmática de la virgen María como inmaculada, que si es madre de Jesús, evidentemente no era virgen. El caso de que en España la opinión a favor del “inmaculismo” sea más aceptada se debe a que era un país uniformemente católico, no obstante existir musulmanes y judíos, aunque perseguidos. Como los jesuitas tuvieron su importancia, la afirmación de la virgen María contra el protestantismo también cobró su importancia. Entre los opositores a la declaración dogmática estaban los que consideraban que era introducir otro motivo de polémica innecesario, además de que era de todo punto imposible su demostración. Parece que la “aparición” de la virgen María a Catalina Labouré en 1830, también animó a los “inmaculistas”.

Desde 1840 se lanzan unos y otros a favor y en contra de si la virgen María fue inmaculada o no. Cincuenta y un obispos franceses solicitaron que sí pero en Alemania se pidió lo contrario. Poco después se publicó un alegato favorable debido al jesuita Gionvanni Perrone con unos peregrinos argumentos. El papa Pío IX, en 1848, designó una comisión de veinte teólogos para que dictaminasen, pero la máxima autoridad de la Iglesia ya estaba decidida a declarar dogma el “inmaculismo” de la virgen María. Incluso de seiscientas consultas, quinientas cuarenta fueron favorables a las pretensiones papales, pero las que no, correspondían a prestigiosos obispos generalmente de cultura anglo-germánica. En España, a favor del “inmaculismo” estuvo la misma reina Isabel II, que según la pequeña historia no tenía nada de inmaculada.

Entonces es cuando aparece publicado un folleto de unos quince folios con el título “Imposturas del pontífice rey y de su satánica curia”, claramente anticlerical, protestante y obra de Tomás Beltrán Soler, perteneciente a la masonería que, partiendo del partido progresista se había pasado al demócrata, habiendo sufrido varios exilios, uno de ellos en Argelia. Su intención era combatir la autoridad del papa y denunciar la deriva autoritaria de Pío IX, cuando había sido liberal en su juventud y colaboracionista con los ocupantes franceses medio siglo atrás; incluso Mastai (Pío IX) habia sido masón.

“¿Cómo es posible –dice Tomás Beltrán en su publicación- que en un negocio que tanto interesa a María el Santo Espíritu se hubiese mantenido mudo hasta el siglo XIX?... ¿Por qué Pío IX declaró la Concepción inmaculada de María, después de haber declarado in cathedra lo contrario León, llamado el Grande, en sus Sermones 2, 4 y 5 de la Navidad de Jesucristo, hablando clara y definitivamente del pecado original contraído por María? ¿Negaremos en obsequio –continúa-… la infalibilidad del papa Inocencio I, a Zósimo y a Bonifacio[2], quienes en sus cartas dogmáticas a los Pelagianos expresan clara y distintamente que María no estuvo exenta del pecado original?”.


[1] “Un libelo español anti-inmaculista de 1859. ‘Las Imposturas del Pontífice Rey’ de Tomás Beltrán Soler.

[2]  Inocencio fue papa a principios del s. V, seguido de Zósimo e igualmente hubo varios papas con el nombre de Bonifacio, en lo que demuestra el autor que tenía conocimientos teológicos y eclesiológicos, probablemente adquiridos en una Iglesia protestante gibraltareña, donde estuvo.



martes, 19 de julio de 2016

Los soldados de España y del Imperio



Lansquenetes

Los soldados del Imperio Germánico y de España estuvieron en un continuo trasiego durante la Edad Moderna. El emperador Fernando, que había nacido en Alcalá de Henares, llevó a Viena a muchos españoles, entre ellos soldados que lucharon contra los turcos en Hungría. Uno de ellos fue Gabriel de Salamanca, rico burgalés que seguiría siéndolo al hacerse dueño de tierras en Austria.

En 1686 llegó a Viena Juan Díaz Pimienta, que no sé si será el nacido en Urduña en 1660 y que llegó a ser gobernador de Cartagena de Indias. Tras la guerra de sucesión a la corona de España muchos de los militares que se habían mostrado partidarios del pretendiente Carlos se refugiaron en Viena, como es el caso de Juan Amor de Soria, que ha permitido a Ernest Lluch estudiar su pensamiento austracista e ilustrado. Para Lluch, Amor de Soria fue un reformista que, desde el exilio, planteó una alternativa al absolutismo borbónico español.

Muchos de los exiliados participaron en los ejércitos imperiales, donde sobresalió Manuel Desvalls, que llegó a ser tutor del que luego sería emperador José II. Otros dieron esplendor, según Enrique García Hernán (1), al Hospital para soldados de los Españoles de Viena. Fue erigido en 1718 y se llegó a crear también en Viena un Consejo Supremo de España que perduró hasta 1736 (2). Más tarde, los militares austracistas que regresaron a España fueron reconocidos con sus títulos nobiliarios, integrándose en el ejército borbónico.

En los siglos XVI y XVII esos militares defendieron que España necesitaba del Imperio para neutralizar a Francia en la defensa de los Países Bajos y del norte de Italia. Hubo tratadistas militares que elogiaron la participación de los tudescos con los famosos lansquenetes. En concreto, los militares españoles e imperiales se ayudaron para acabar con la rebelión protestante en 1547 (Mülhberg) y en 1620 en la Montaña Blanca. Esta alianza se confirmó en 1658 con la colaboración hispano imperial (Leopoldo I en este caso) acudiendo a la defensa de Barcelona Jorge de Hesse Darmstadt, y puede que participara en la batalla de Camprodón, al norte de la actual provincia de Girona.

No solo: hubo una intensa relación cultural y económica. Los Tassis se hicieron con el monopolio del correo y la economía española internacional mantuvo estrechas relaciones con la liga Hanseática. Los jesuitas contribuyeron al estudio del “arte” militar en el Colegio Imperial, y para demostrarlo puede citarse el caso, que no es único, de Jacobo Kresa, que fue además gramático, matemático y estudioso del hebreo en Praga.

Con las continuas guerras –dice García Hernán- había que levantar reclutas suponiendo esto un negocio, y el mercado estaba en todas partes, sobre todo en el Imperio Germánico, aunque los soldados fuesen protestantes, mientras que Francia tampoco tuvo inconveniente en contar con soldados alemanes protestantes. Pero en general no hubo integración (seguimos a García Hernán en la obra citada): “cuando los imperiales querían decir (…) ‘esto me suena a chino’, ellos simplemente decían ‘esto me suena a español’. Pero las relaciones familiares entre nobles sí se produjeron, casándose unas con otros y viceversa.

Uno de los desencuentros fue la Inquisición, hasta el punto de que imperiales protestantes en España tuvieron que simular ser católicos. Los españoles de a pie, por su parte, no tuvieron noticia de que los reyes concedieron pensiones de viudedad a aquellas ociosas señoras que habían perdido a sus maridos: quizá no sabían hacer otra cosa.

(1)   “Relaciones militares entre España y el Imperio”.
(2)   García Hernán cita a A. Alcoberro y su obra, “Al servei de Carles VI…”, 1998.

lunes, 18 de julio de 2016

Un filósofo medieval muy moderno


Basílica de San Antonio en Padua

Según Bernardo Bayona (1) Marsilio de Padua es el autor de la primera teoría medieval no clerical del Estado, proponiéndose combatir la doctrina de “plenitudo potestatis” papal. Marsilio defiende la unidad de la soberanía frente al dualismo medieval de que estaba repartida entre el papa y el emperador, sostuvo que no existe fundamento espiritual para un poder diferente del que emana del legislador humano y que la capacidad de legislar para la cristiandad (en el lenguaje de la época) no corresponde al papa.

Estamos en la primera mitad del siglo XIV y ante un personaje que se ocupó de varias disciplinas del saber: teología, medicina, filosofía, política… La Padua del siglo XIV era pujante bajo el mando de la familia Carraresi (Jacopo, Marsilio, Ubertinello y Marsilietto para el tiempo en que vivió nuestro personaje). No hay precedentes –según el autor citado- de una forma de pensar como la de Marsilio de Padua y, por lo tanto, no tuvo éxito en su tiempo, “pero influyó en la posterior reforma anglicana y en el pensamiento de Hobbes".

No se trata de un personaje marginal, sino que había contado con el favor del papa antes de que expusiese sus teorías: parece que visitó la Curia de Aviñón, y siendo Padua una ciudad güelfa (partidaria de la supremacía del papa sobre el emperador) Marsilio se pasó al bando gibelino después de haber sido rector en París (1312) y de que el papa lo beneficiase con una canonjía en 1316. Desde la muerte del emperador Enrique VII y la negativa del papa Clemente V a reconocer al sucesor electo de aquel, Luis de Baviera, Marsilio abandona la medicina y se enfrasca en sus pensamientos políticos. Cuando murió en 1343, el papa Clemente VI le calificó como el “mayor hereje jamás conocido”.

Marsilio había escrito contra el poder temporal de los papas, pero no lo reivindicaron los teólogos de la gran reforma religiosa del siglo XVI. Asombra pensar que Marsilio planteó, en pleno siglo XIV, el papel de los laicos en la Iglesia, algo que esta no ha retomado hasta el concilio Vaticano II. En el siglo XIX sí despertó interés este pensador, que en cierto modo se había anticipado al “Risorgimento” o conjunto de planteamientos para la unificación de Italia. Cuando Marsilio escribe, aquella se encontraba dividida en múltiples estados enfrentados entre sí.

(1)   “El poder y el Papa. Aproximación a la filosofía política de Marsilio de Padua”, Isegoría, 2007.

Nápoles vista por Thomas Jones



"Casas en Nápoles"

A finales del siglo XVIII el pintor galés Thomas Jones pintó una serie de cuadros cuyo tema era la ciudad de Nápoles, pero la mayoría de ellos representan casas o muros más o menos ruinosos. Esto se debe a un viaje a Italia que realizó: todavía perduraba la idea de que todo artista debía visitar dicho país debido al papel jugado por su arte desde siglos atrás. 
 
El color pastel dominante y los cielos claros parecen anunciarnos la obra de Corot, que quizá conoció la del galés. Aquel nació medio siglo más tarde, pero nada impide que la obra de Thomas Jones hubiese sido divulgada, sobre todo en París, capital del arte en el siglo XIX. 
 
Aunque Nápoles había tenido un esplendor extraordinario durante el siglo XVI, siendo posiblemente la ciudad europea más poblada en dicha centuria, es cuando se convierte en capital del Reino de las Dos Sicilias, durante los siglos XVIII y XIX, cuando su urbanismo se transforma y se construyen muchos edificios notables. Thomas Jones no parece fijarse en lo esplendoroso de la ciudad, sino en los detalles nimios de los edificios más viejos, como si pretendiese una originalidad a la que otros, como Canaletto, renunciaron en el caso de Venecia.  

La obra de arriba es un óleo sobre papel realizada en 1782, de 23,5 cm. por 36,2 y se encuentra en el Museo Británico.