Los primeros encuentros
entre hispanos y amerindios debieron significar un impacto verdaderamente
impresionante. Los pueblos indígenas de América se conocían entre sí en
territorios relativamente reducidos, con excepción de los dominados por mexicas
e incas en el siglo XV; su estado de desarrollo cultural era muy diverso, en
ocasiones el aislamiento era milenario y las distancias facilitaron esto.
Cuando los primeros españoles (europeos) llegaron a América sin saber que lo
era ¿qué impacto recibieron? Vieron a pueblos para ellos primitivos, sujetos a
dominio, practicantes de costumbres nefandas a ojos de la cristiandad, razón de
más para obligarles a cambiar, combatirles, vencerles, someterlos. Pero en todo
caso irían de sobresalto en sobresalto, descubriendo novedades de isla en isla,
en tierra firme, etc.
Un libro publicado hace
años por Francisco Solano[i],
en el que intervinieron varios especialistas, es completado ahora por la tesis
doctoral de Mario Jaramillo Contreras[ii]
aunque desde una perspectiva particular. Dice este autor que “durante las
primeras décadas de la presencia española en América, las costumbres y
estructuras indígenas prácticamente se conservaron intactas”. De todas formas se
fueron sucediendo cambios que no impidieron quedase grabada la vida de los
indígenas americanos en los textos de cronistas y conquistadores.
Debió ser impactante
para los recién llegados la visión de lo que tenían delante: otras gentes de
las que nada sabían, otros climas, una geografía gigantesca en comparación con
la europea, productos naturales nuevos para ellos, enormes ríos y grandes
espacios por descubrir. Los primeros años –dice Jaramillo Contreras- fueron de
confusión y sobresaltos, y para el estudioso, de gran complejidad. El español
llegó a América bajo unos condicionantes que obraban sobre él y a los cuales no
se pudo sustraer; no imaginó lo que se encontró y llevaba una mentalidad
imperante que era la de su época: afán por imponer. La conquista en su comienzo
fue tan espontánea y natural como tenía que ser una empresa guiada por el
espíritu guerrero y medieval. El español llevaba en su mente la sumisión del
inferior y la voluntad del superior, lo mismo que ocurría en la Europa de su
tiempo.
Las costumbres, los
hábitos y las creencias estaban interiorizadas antes de partir; la comprensión
de otra realidad tuvo lugar con el transcurrir del tiempo. La primera
generación de españoles que fueron a América, por lo menos, tenía “in mente” la
reconquista contra el islam, pero los ejércitos españoles guerreaban también en
Italia, Francia, el Mediterráneo, y el norte de África, además de las guerras
civiles interiores. El mismo deseo de extender la frontera más allá en la
península Ibérica continuó en América cuando hubo oportunidad, legitimando esto
con el afán de cristianizar y buscando alianzas de conveniencia para triunfar.
De la misma forma que musulmanes y cristianos pactaron entre sí muchas veces,
indígenas americanos y españoles lo hicieron. Y todo ello acompañado del afán
de honra y fama que sobre todo los hidalgos anhelaban, además de la fortuna,
que era común a todos con la excepción de los frailes. En definitiva, la Edad
Moderna tardaría muchos años en asentarse sobre la mentalidad americana.
La confusión afectó así
mismo a los nativos, pues para ellos también “el descubrimiento” fue un
descubrimiento; los españoles se encontraron con pueblos entre los que la
guerra era lo habitual y tenía, en ocasiones, un sentido místico, lo que también
ocurría con el cristianismo.
Desde el primer momento
el conquistador aplica el derecho que conoce milenariamente; el derecho también
viajó a América, dice Jaramillo Contreras. Las violaciones acarreaban
sanciones, la ley buscaba castigar conductas, pero esto también estaba en el
acervo cultural indígena, sobre todo cuando se trata de las civilizaciones más
avanzadas. Surgieron conflictos entre los preceptos de la religión católica y
las formas de los ritos y cultos indígenas, pero a pesar del dominio hispánico,
fue imposible ejercer el control social absoluto. Los indígenas eludían la ley
y ocultaban costumbres prohibidas por la normativa hispánica, costumbres que
tenían interiorizadas y de las que no se desembarazaron –cuando lo hicieron-
sino al cabo de mucho tiempo. Fue un proceso lento de mutua asimilación que se
tradujo en un mestizaje donde se conjugaba el derecho español con el derecho de
los indios. Fue un mecanismo indispensable para mantener el control, y la
Corona interpretó esta realidad con la puesta en marcha de leyes armonizadoras
de ambas tradiciones jurídicas. El derecho español dominó, pero a la vez tuvo
que reconocer e incluso enaltecer formas amerindias, como fueron por ejemplo
los derechos de los caciques.
El condicionamiento
jurídico obró tempranamente y se prolongó durante buena parte de la conquista.
No había opción desde la tradición jurídica que los españoles habían heredado
de muchos siglos atrás. Las leyes sobre caciques reconocieron una nobleza
indígena, establecieron equivalencias con la nobleza hispana pero sin llegar a
igualarse; preservaron buena parte de los derechos que tenían los caciques
(miles de ellos) y prohibieron aquellos que contrariaban la moral hispánica[iii].
Los pueblos del altiplano mexica, sus fronteras oeste y norte, los de la actual Guatemala y el istmo centroamericano, los que vivían en la cuenca del Magdalena y en el Tahuantinsuyo, los de las islas antillanas y la costa venezolana, fueron aceptando el estado de cosas impuesto por los hispanos o pactado con ellos, pero hubo otros pueblos amerindios que permanecieron mucho tiempo sin asimilar al derecho hispano: los de la mitad sur de las actuales Chile y Argentina, los del Chaco, los que vivían en zonas selváticas alejadas de las ciudades fundadas por los españoles, los que fueron conocidos más tardiamente en las vastas regiones del sur y oeste de los actuales Estados Unidos.
[ii] El resumen de dicha tesis lleva por título “La nobleza precolombina desde la perspectiva hispáinica con especial referencia a los emblemas heráldicos”. En esta obra se basa el presente resumen.
[iii] El papel jugado por Bartolomé de las Casas y otros vino a suavizar el trato que recibieron los indígenas por parte de los conquistadores, pero las leyes de la Corona aplicables a América se inclumplieron, como cabe suponer, con frecuencia. Los castigos por ello, sin embargo, fueron muchos.
La ilustración corresponde a una obra de Miguel Ángel Rodríguez Lorenzo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario