lunes, 25 de mayo de 2020

Las Memorias de Alcalá-Galiano (15)

(*)
En el verano de 1816 tuvo lugar el casamiento del rey Fernando VII con su sobrina doña María Isabel de Braganza, celebrándose con muchos festejos el evento, incluso por los liberales gaditanos, según nos informa Galiano, que por su parte compuso un “Epitalamio” irónico, en realidad una invectiva contra el rey, corriendo nuestro autor un riesgo evidente. Enseñó los versos y enseguida fueron conocidos por muchos, de forma que cuando se hablaba de ellos se confesaba su autor, hasta el punto de que don Juan Nicasio Gallego, afamado poeta, diputado que había sido, estando confinado por constitucional en la Cartuja de Sevilla y pasado luego a Madrid, viéndose con Galiano, con el abate Juan Osorio y con don Tomás González Carvajal, que había sido ministro de Hacienda en 1813, éste, cono no conociera a nuestro autor de vista, preguntó quién era, a lo que Osorio le contestó “es Galiano”, continuando Carvajal diciendo que “por ahí han corrido unos versos que, atribuidos a usted, no sabiendo quién otro hubiese por estos lugares capaz de haberlos compuesto”, lo que enorgulleció a nuestro autor.

Pizarro, que ya se ve se las arreglaba bien, fue nombrado ministro de Estado, pero la amistad con Galiano “estaba concluida y hasta olvidada”, además de que el haber sido nombrado ministro por el rey no le recomendaba a los ojos de nuestro autor, cuyo tío paterno, Antonio Alcalá-Galiano, le dijo que Pizarro había preguntado por él, por lo que debía escribirle. Galiano se negó repetidamente, hasta que por fin accedió, confesando que debió mantenerse en la negativa, pues su carta no tuvo respuesta.

La masonería, por su parte, tenía la cabeza en Granada, donde estaba como capitán general el conde de Montijo, que de delator de constitucionales ahora era el caudillo en las filas de los enemigos del Gobierno. Los masones españoles obedecían a la masonería francesa en unos casos, en otros a la escocesa y en otros, en fin, a los de la república angloamericana. Pero en España fue creado un supremo gobierno de la hermandad, en oposición directa al Gobierno, estando la masonería anatematizada y perseguida en lo civil y religioso, dice Galiano. Cada vez que se juntaban los masones de una localidad, corrían gravísimo peligro; aún así “teníamos nuestro aparato”, adornos, etc. Entre los masones españoles reinaba un fraternal afecto, circunstancia nacida del “fanatismo de secta que nos poseía”.

Pero en 1817 la masonería española aún no estaba resuelta a obrar activamente contra el Gobierno, de forma que sus miembros “querían detenerse tanto” que provocaron que un corto número de ellos defendiese ir más allá de la celebración de ritos ociosos. Habiendo intentado el general Lacy enarbolar el pendón constitucional en Cataluña, cayó prisionero, pero algunos de sus colaboradores se pusieron a salvo y llegaron a Gibraltar, de paso para América. Sabedores de ello los masones de Algeciras, acudieron a darles auxilio, pero los de Cádiz se dividieron entre quienes veían apropiada esta acción y los que no. Un personaje que se daba grandes apariencias de celoso y miraba mucho por sí, cuya conducta posterior no se correspondió con lo que prometía, “y cuyo nombre no quiero citar, con voz hueca y campanuda, simuló sentir la suerte de Lacy, a la sazón ya muerto”. Contra esta actitud clamó Galiano, acalorado con otros varios, sustentando que si la masonería no se empleaba en favorecer a cuantos algo hiciesen para derrocar al Gobierno, su existencia era ridícula.

Un viaje a Madrid lleva a Galiano a visitar a Pizarro, aunque según dice su principal objeto era trabajar en la logia de la capital, al tiempo que las necesidades económicas iban apareciendo en la vida de nuestro protagonista. Se había reconciliado con su cuñado, lo que le había permitido hacerse con algunos bienes herencia de sus padre, lo que le permitía pasar a su mujer, aún separado de ella, un “corto auxilio”, aprovechando para decirnos que había cometido el delito –del que no fue culpada- de haber causado la muerte de una criatura por abandono y deseos de encubrir su nacimiento.

Galiano encontró disuelta la logia de Madrid, cuyos miembros habían sido perseguidos y disueltos por el Gobierno, pero no debemos olvidar que también quiso ver a Pizarro, y al pasar a verle “batallaban en mi interior encontrados y vehementes afectos”. Al presentarse al ministro tuvo con él una conversación fría y formal, además de corta, pero consiguió que se le pagasen los sueldos devengados de tres años, los gastos de su viaje a Suecia y otros. Regresó a Cádiz, donde vio que los trabajos masónicos andaban lentos. “Como blasonase yo mucho de rumboso- dice- y también de delicado… me convencí de que, según iba, al cabo de pocos años daría fin a mi caudal, y tendría que contraer deudas”. Volvió otra vez a Madrid a mediados de 1818, llevando con él sus enseres, su tía e hijo. La intención era volverse a presentar a Pizarro, lo que hizo y vio que le recibía fríamente, solicitándole puesto en el Consulado de España en Marsella, pero como al poco tiempo el ministro perdió su puesto, de nada sirvió la petición.

El sucesor fue el marqués de Casa Irujo, Carlos Martínez de Irujo, presentándose a él Galiano, que fue recibido afablemente, pero en esto pasa nuestro protagonista a hablar de su relación con José Joaquín de Mora, amigo antiguo suyo, el cual se encontraba en la pobreza después de varios vaivenes. Pero su estancia en Madrid no le era agradable, según confiesa, y se había conformado a tolerar al Gobierno, por lo que visitó a su tío Villavicencio, que ya era capitán general de Marina y ocupaba un alto puesto en la corte, el cual le contó que era costumbre en el rey salir disfrazado de noche, a modo de los sultanes, para averiguar por sí el estado de los negocios, así como para entregarse a diversiones ajenas a la dignidad real.

Por fin el autor es nombrado secretario en Brasil y, regresando a Cádiz, a su paso por Sevilla tiene conocimiento de ciertos proyectos revolucionarios. A partir de éste momento se relaciona con Mendizábal, participa en la conspiración que culminará en enero de 1820 y relata la actitud dubitativa, a la postre progubernamental, del conde de al Bisbal, las relaciones del autor con la masonería, que estuvo en la conspiración revolucionaria, etc. Pero antes relata sus preparativos para ir a tomar posesión de su destino en Brasil.

Besó la mano del rey por la merced recibida y ofreció sus servicios a la reina, la cual moriría al final del año 1818, por lo que su amigo Mora le pidió que escribiese algo para ser publicado, pero con la condición de que no se supiese su autoría. Cuenta entonces Galiano que cuando salió a la luz el escrito agradó mucho al rey, dándose la paradoja de que el autor se escondía, lo que el autor hacía para que los constitucionalistas no supiesen se había plegado a colaborar con el Gobierno e incluso a elogiar a la reina.


(*) Parte superior de la estatua sedente que José Álvarez Cubero hizo de la sobrina y esposa de Fernando VII. Mámol, 145 por 77 cm. (1827).

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