viernes, 8 de septiembre de 2017

Una carta de Azaña



Iglesia de La Bajol (Girona)

Se ha publicado en formato de libro una carta que, en junio de 1939, dirigió Manuel Azaña a Ángel Ossorio, residente entonces en Buenos Aires, mientras Azaña se encontraba en Collonges-sous-Salève (Francia) muy cerca de la frontera suiza. El título del libro es “Adiós al porvenir”, y lo considero muy acertado, porque el de los españoles iba a ser, por largas décadas, muy negro.

¿Quien fue Ángel Ossorio Gallardo? Ante todo un gran jurista que terminó abrazando las ideas demócrata-cristianas, pero que defendió, antes de la II República, un estado corporativo como el que impusieron Primo de Rivera y luego el general Franco. De todas formas se opuso a las dos dictaduras, muriendo en Buenos Aires en 1946. La amistad con Azaña revela el nivel de las dos personalidades, pues con ideas distintas, mucho más avanzadas y transformadoras las de Azaña, mantuvieron una amistad que llevó a este a escribirle, al menos, la carta que ahora se publica, de una extensión extraordinaria.

“Estamos instalados en una casa de hechura saboyana, algo vieja y bastante destartalada”, dice el Presidente al comienzo. “Añádase a todo esto la imponente contigüidad del boscoso Salève, que hasta hace quince días nos ha tenido envueltos en nieblas y chaparrones, y está hecho el catálogo de los incentivos con que la soledad y la naturaleza concurren a hacerme llevadero el destierro”, continúa.

Azaña muestra su amargura, en todo el texto, por la situación de España, por los últimos días de la guerra, por sus relaciones con el Gobierno de Negrín, con el que queda clara su nula simpatía; preocupado por las obras de arte que se guardan en el castillo de Perelada, que había sido su residencia al final de la guerra, por las personas de condición humilde y sus colaboradores, de cuya vida temía lo peor. La gran humanidad de Azaña se pone de manifiesto en esta carta, que tiene algunos parecidos con su “Causas de la guerra de España”. De sí mismo se compadece solo en parte: “todo lo que soy lo llevo conmigo”; patriota, siente lo pasado a España como a él mismo, sin distinción alguna, y no deja de tener presente el sacrificio de muchos de sus colaboradores, de militares leales, de trabajadores que han quedado sepultados en “la tierra materna”, de tantos a los que en los últimos días de la guerra aún les quedaba sufrir: niños, ancianos, milicianos, personas de toda condición.

Dice de él que no es un intelectual en sentido puro, considerando que este último es el que no se mancha, el que no se compromete, el que vive de sus pensamientos y de sus obras, sin tomar partido abierta, materialmente, y luego señala que el nudo de la guerra estaba en Cataluña, pues seguramente tenía presente la importancia económica y cultural del país, el europeismo de sus clases dirigentes, la propensión independentista de parte de su población, principal enemiga de los facciosos. Del ejército republicano –dice- es una “masa sin esqueleto”, incapaz ya de detener el avance de los sublevados, que avanzaban por Cataluña antes de tomar Barcelona en el relato retrospectivo que Azaña está haciendo a su amigo.

Reconoce la deslealtad recíproca que hubo entre los gobiernos español y catalán y luego relata su estancia en el castillo de Perelada, en el alto Ampudán, con su masa pétrea y sus torres góticas. Se lamenta del abandono en Barcelona de importantísima documentación que el Gobierno, en su marcha de España, dejó al servicio del ejército sublevado, y no tanto por el valor intrínseco de la misma, sino por la información que facilitaría a los que iban a comenzar la segunda gran matanza a partir de abril de 1939.

Cita al salmantino Saravia, militar a su servicio a quien agradece lealtad y consejos, mientras convence al general Rojo para que se produzca una entrevista, que Azaña propone, entre los dos y Negrín, Presidente del Gobierno. Este, como se sabe, partidario –quizá por influencia comunista, quizá por su propio carácter, irreductible- de continuar la guerra hasta conseguir una paz honrosa, Azaña ya no tiene esperanza alguna, como no la tuvo Prieto, por lo que fue sustituido al frente del Ministerio de Defensa. En la entrevista que se produjo Azaña pidió a Negrín que, en su nombre, sugiriese al Gobierno, al que debía reunir, un acuerdo para pedir una paz humanitaria, solo para salvar vidas, sin más pretensiones, pues sabía que la guerra y la República estaban perdidas.

De Giral habla sobre su pericia para evitar ser fusilado por los facciosos, refugiado en Llansá ante de salir de España. A la postre, estos hombres –Azaña y Negrín- que tenían misiones distintas, más ejecutivas el segundo, querían el bien de España, salvar vidas, como lo demostró Negrín con sus puntos para alcanzar una paz que el general Franco desoyó. La sublevación de Casado, que con otros como Besteiro tuvieron la oportunidad de llevar a cabo la idea de Azaña pero por medios deshonrosos, querían también el bien de España, salvar vidas, pero es que no había ya coordinación, no había disciplina entre los republicanos; España dividida territorialmente por el enemigo y dividida entre sus mujeres y hombres defensores de la libertad.

Azaña terminó sus días en España en la pequeña aldea catalana de La Bajol, en el norte la provincia de Girona, en la raya con Francia, cerca de una mina donde se guardaban de la rapiña valiosas obras, que servía a su vez (la mina) de residencia al ministro de Hacienda, Enrique Ramos. El verdadero Presidente de la República –dice Azaña- no era él “o mejor, el dueño”, añade, sino el comandante del batallón de carabineros que velaba por su seguridad y la de La Bajol…

El libro excelentemente editado con ilustraciones de Manuel Flores, contiene un prólogo (al final) debido a Vicente Ferrer Azcoiti. Se incluyen también fragmentos de discursos, textos de Azaña y de otros autores: “Me he preguntado algunas veces si es bien conocido el propósito de la República, defendiéndose de la agresión interior y extranjera…” (Azaña, 1937). “Los españoles somos naturalmente reaccionarios… porque nuestra posición firme es siempre contra algo” (Antonio Machado, “Juan de Mairena”, 1933-34). “René: ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Que triste es la guerra! Todos los soldados han muerto y solo quedamos nosotros dos que somos enemigos y que, como ya no tenemos fuerzas para luchar, nos lanzamos feroces insultos” (Miguel Mihura, 1929).

No hay comentarios:

Publicar un comentario