jueves, 27 de diciembre de 2018

La Revolución Francesa sigue su marcha

Palacio de los papas en Avignon

Contrariamente a los religiosos, las monjas no abandonaron sus conventos, mientras que el Gobierno revolucionario, mediante otro decreto, prohibió el pronunciamiento de votos monásticos y, con efectos retroactivos, los votos de los religiosos que no hubiesen renegado carecerían de efectos civiles, pudiendo, por tanto, casarse, heredar y practicar cualquier otro acto jurídico.

Los diputados eclesiásticos intentaron frenar esta legislación, pero sin éxito; a fin de cuentas con anterioridad, el papa Clemente XIV, un franciscano, accedió a disolver la Compañía de Jesús. No hacía algo distinto el Gobierno francés, y ahora este decidió disolver todas las órdenes religiosas.

La Constitución civil del clero (aprobada a mediados de 1790) fue preparada por una comisión y algunos canonistas favorables a la revolución estuvieron de acuerdo en someter el poder religioso al poder civil, desligando aquel de la autoridad de Roma. Era una muestra de galicanismo que se había manifestado en Francia ya desde hacía varios siglos, consecuencia del jansenismo antivaticanista, lo que tensó las relaciones con Roma ya durante el reinado de Luis XIV. Con la Constitución civil del clero cada diócesis se correspondió con cada uno de los departamentos administrativos (ochenta y tres), quedando eliminadas 53. El bajo clero, por su parte, vio con buenos ojos percibir la asignación que el Estado le daba, pero todo ello se hizo sin consulta alguna al papa, olvidando el Concordato existente desde 1516.

Así se llegó a la ruptura total con Roma, pues el Gobierno francés decidió también que los obispos y párrocos fuesen elegidos por la población, sin distinción entre católicos, miembros de otras religiones o ateos. No puede resultar extraño si se trataba de funcionarios del Estado y de acuerdo con la confusión que la Iglesia había admitido, secularmente, con el Estado. El rey intentó demorar la entrada en vigor de esta Constitución, pero al fin la firmó a finales de 1790.

En el primer aniversario de la toma de la Bastilla se celebró un festival con misa oficiada por Talleyrand y poco después, una propuesta de este hizo que los clérigos de la Asamblea Nacional tuvieran que prestar juramento a la Constitución civil del clero. Lo hicieron únicamente cuatro obispos y 70 curas y, por supuesto, Sieyès y Grégoire. Mientras tanto el papa guardaba silencio y en el resto de Francia juraron acatamiento a la ley un total de siete obispos  y unos 1.000 curas, de un total de 70.000 y bastantes frailes exclaustrados. Se había consumado la división del clero francés en juramentados y refractarios.

Luego vino la elección de los nuevos obispos en sustitución de los que no habían jurado la Constitución, lo que planteó un problema que vino a solucionar Talleyrand, nombrando a los que luego nombrarían a los demás. Todos los refractarios fueron expulsados de sus templos y parroquias, pero muchos de estos se refugiaron en almacenes para seguir oficiando seguidos de sus feligreses: a la postre este grupo volvía al primitivo cristianismo en cierto modo. Y el papa seguía sin actuar por temor a que el ejército francés ocupase el enclave de Avignon, parte integrante de los Estados pontificios, lo que ocurrió de todas formas. Es entonces cuando en 1791, el papa Pío VI condenó la Constitución civil del clero, lo que llevó a muchos clérigos a retractarse de su juramento, mientras se declaraba al gobierno francés enemigo de Roma.

Queriendo el rey Luis XVI celebrar la Pascua real en Saint Cloud, cerca de París, el “populacho” se lo impidió, decidiendo la Asamblea que la misa de celebración se llevase a cabo por un cura constitucional. Es conocido el episodio de la huída del rey, con su familia, disfrazados por la noche con el fin de reunirse fuera de Francia con los nobles opositores a la revolución. Detenidos en Varennes, al este de Reims, la familia real fue devuelta a París: no podía darse un caso de mayor indignidad real… por ahora.

La Asamblea, entonces, dio en aprobar la primera Constitución francesa (1791) bajo los auspicios de Mirabeu, la que fue firmada por el rey casi en condiciones de prisionero, aunque dicho texto legal preservaba la monarquía y centralizaba el poder, pues antes estaba en manos de unos y otros nobles según este o aquel territorio. La Constitución no declaró expresamente a la religión católica como oficial, argumentándose en su momento que “la adhesión de la Asamblea a la religión católica, apostólica y romana no podía ponerse en duda”.

En mayo de 1791 se aprobó la propuesta de Sieyès y Talleyrand sobre la libertad de cultos; antes (1790) se había aprobado la extensión a toda Francia del sistema métrico decimal, expresión de la mentalidad utilitaria de los ilustrados. Cuando la Asamblea se disolvió determinó que los próximos diputados no podrían ser los mismos, por lo que hubo una renovación total.

En octubre de 1791 la agitación social era máxima debida a la crisis económica que padecía el país, los “clubs” se formaron para jugar el papel de los futuros partidos políticos y trasladaron sus sedes desde los cafés y los figones a los mejores conventos de París: los seguidores de Robespierre tomaron el nombre de jacobinos por reunirse en el convento dominico de Saint Jacob, mientras que Hébert, Marat y más tarde Danton se reunieron en el monasterio de los franciscanos o “cordeliers”, tocándole el de los cistercienses o “feuillants” a los seguidores de Barnave y el marqués de Lafayette, que fueron los que formaron gobierno antes de ser sustituidos por los girondinos, partidarios de hacer la guerra a Austria, potencia absolutista y dueña de los Países Bajos.

En agosto de 1792 se decretó la clausura de los conventos supervivientes y se disolvieron las órdenes religiosas sin excepción alguna, así como las facultades de Teología del Colegio de Navarra, y la de la Sobona, vista la negativa de sus profesores a jurar “la libertad y la igualdad”. Danton creó entonces una facción, siendo ministro de Justicia, con la colaboración de Marat, que se apoderó del Ayuntamiento de París: se trata de la Comuna insurreccional regida por Danton y Petion, con un enorme poder ejecutivo al tener bajo su autoridad a la guardia nacional y las bandas armadas de los “sans culottes”. Se aumentó al doble el número de concejales (288), la Comuna se mostró republicana y anticlerical asumiendo competencias legislativas, prohibió procesiones religiosas, etc. Era la sobrerrevolución en París.

Este ambiente favoreció la matanza de la que fue víctima la guardia suiza al servicio del rey, que fue encerrado en la torre del Temple junto a su familia. Hubo detenciones masivas de desafectos, se encarceló a muchos religiosos siendo asesinados a continuación. En la guerra contra Austria la población de Verdún (al norte del país), donde fue derrotado el ejército francés por el prusiano, recibió a los invasores como libertadores ante el terror reinante. Siguió el asalto a las cárceles pereciendo unas 1.300 personas, entre ellos 191 clérigos.  

Fuente: “La persecución religiosa en la Revolución Francesa (1789-1794)”

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