viernes, 21 de diciembre de 2018

Realistas, "vencerolistas" y otros liberales

Catedral de Tudela
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Dice Florencio Idoate[i] que durante el trienio liberal se dio en España la primera guerra civil del siglo XIX y que esta ha quedado oscurecida por las más extensas de 1808 y 1833. Durante el trienio 1820-1823 se consuma la división de los españoles si no existiese ya por razones de clase, estamento o ideología, pero es evidente que a partir de este momento nacen los primeros partidos políticos. Un primer aspecto de esta división es meramente formal: los símbolos de vasallaje que encontraron los tudelanos en su época.  

Los liberales de Tudela eran, en su mayor parte, militares, hombres de letras y gentes de la burguesía, formando una sociedad patriótica “de amantes de la Constitución del Vencerol de Tudela”. Tenían reuniones y tertulias políticas en casa de uno de ellos junto al río Vencerol, asistiendo incluso mujeres. Era esto en torno al año 1828, pero ya antes habían mostrado su actividad borrando los símbolos del antiguo régimen.

En la casa de un tal Francisco Frías había unas cadenas que al parecer procedían de cuando se había hospedado allí el rey Carlos IV, pero para los “vencerolistas” y para el Ayuntamiento eran un símbolo de vasallaje; debían ser, por tanto, quitadas las citadas cadenas. El Jefe Político, al que se acudió para ello, intentó primero, por medios persuasivos, que el dueño de la casa las quitase, pero este dijo que solo lo haría si se le daba una orden para ello. El Jefe Político, entonces, dejó la cosa como estaba, aunque el que le sucedió en el cargo mandó quitar una argolla del frontis de la casa de Ayuntamiento, donde antiguamente –dice Florencio Idoate- se colocaba a los delincuentes de poca monta. También existían semejantes instrumentos de justicia en Cascante[ii] y Marcilla: las picotas o rollos, de los que se hizo una buena limpieza en Navarra, como es el caso de Lacunza[iii]. Por su parte, las milicias voluntarias cumplían con su papel de defender la Constitución, aunque a veces de forma un tanto expeditiva.

Los contrarios al régimen liberal, por su parte, se dedicaron a aprovechar las noches para destruir o desfigurar las lápidas conmemorativas de la Constitución, de lo que los Ayuntamientos daban cuenta al día siguiente. Así ocurrió en Corella[iv] en 1820 y otra vez en 1821, en Fustiñana[v] otro tanto, aunque nunca se daba con los responsables de esos “atentados”, pues la complicidad era norma entre la población, sobre todo teniendo en cuenta que los liberales exaltados eran escasos aún en la ciudad de Tudela, donde un grupo de voluntarios de la milicia nacional obtuvo permiso para hacer una ronda nocturna por las calles con música para molestar a la vecindad absolutista. Y eso que las milicias nacionales estaban formadas por pocos vecinos, pues en la citada ciudad, en 1820, solo se presentaron 36 voluntarios, y menos en Cintruénigo y Corella.

Un sermón predicado en Corella con motivo de la Cuaresma en 1821, por un clérigo constitucionalista, provocó no pocos murmullos entre los asistentes, recordando el Ayuntamiento que los párrocos estaban obligados a predicar la “sagrada” Constitución. El Jefe Político, enterado de la reacción de los asistentes al sermón, reaccionó diciendo que “muchos ministros del altar… [son] escándalo de la Religión, con infracción de los sagrados cánones de la Iglesia, desobedeciendo las autoridades de los Santos Padres…”. Es curioso que el Jefe Político se erigiese en defensor de la Religión contra el absolutismo de los curas que, a su juicio, no acataban la Constitución. Y continuaba: “En el día se ve, con escándalo, que curas y frailes vagan por despoblados a la cabeza de facinerosos y forajidos”, en alusión a los religiosos que se convirtieron en cabecillas de partidas absolutistas. Terminó el Jefe Político diciendo “que la Constitución asegura más nuestra Religión”.

En Salvatierra[vi] y Ochandiano se habían producido desórdenes, haciendo acto de presencia los milicianos tudelanos, y en la catedral de Tudela, a principios de 1822, con el templo rebosante de gente, subió al púlpito el capellán constitucionalista encargado del sermón. El más profundo respeto reinaba en el templo –según recoge Florencio Idoate de una fuente contemporánea de los hechos- cuando comenzó el sermón y aquello se convirtió en “taberna de alborotadores”. Estaban presentes los voluntarios de Borja, Tarazona, Cintruénigo, Cascante, Murchante, Corella, Tafalla y otros puntos. Entonces el orador suspendió el sermón.

En Pamplona, cuando comenzaba el año 1821, la animadversión hacia los militares empezó a sentirse con alguna violencia por el constitucionalismo de dicho cuerpo, en el que se recordaban las figuras navarras de Espoz y Mina y Cruchaga[vii], siendo los seminaristas la vanguardia del antimilitarismo. Los enfrentamientos que hubo desde finales de enero hasta pasada la mitad de febrero se cobraron siete muertos y bastantes heridos. El Regimiento Imperial Alejandro, furibundamente constitucional, calificó a la población absolutista de “díscola e infame”. Quizá es por estos momentos cuando se produce el cisma entre los constitucionalistas tudelanos.

En Corella, donde la lápida de la Constitución también había sido dañada, la tropa fue molestada y apedreada por los absolutistas, que estaban hartos de que los soldados les insultasen. El destacamento de Jaén fue llamado a restablecer el sosiego junto con dos párrocos y otros, pero hubo tiros y algunos heridos por ambas partes, hasta el punto de que el comandante solicitó la asistencia de la milicia tudelana, pues la situación era, según sus propias palabras de “la mayor conmoción”. Acudió la División de Granaderos de Castilla junto con una compañía de caballería, que se propuso combatir el “crecido grupo de los conspiradores” de Corella, prueba de que en Navarra, como en otras partes de España, los anticonstitucionalistas eran más, mientras que los partidarios del nuevo régimen más instruidos e influyentes.

A mediados de 1822 el ambiente se enrarecía más y más, dice Florencio Idoate, sonando los tambores de guerra en la Montaña, donde operaba la recién creada División de Navarra a las órdenes de Quesada[viii]. En realidad la guerra civil estaba en marcha y una de las bazas principales se jugaría en Navarra. Entre los realistas una partida era la de Salaberri, otra se levantó por el cocinero de los capuchinos de Valtierra, al sur de la provincia actual, y otra recorría los pueblos de Corella, Ablitas... Estas partidas tenían seguidores y protectores en Tudela, que de esta forma estaba cercada por los absolutistas. Las partidas de Landívar (maestro de Caparroso) y Lucus también estaban activas. “El obispo, los curas, el cabildo y los frailes –dice una fuente- … celebran el triunfo de las infames doctrinas…”. No se libraba ni el obispo, Ramón Azpeitia, que no obstante observó una conducta prudente.

Sobre el peligro que corría Cascante de ser atacada por realistas habla “un militar antiguo”, pues de 700 vecinos, “no cuenta 40 liberales”. En esta población habían expulsado a sus milicianos y Morentín, un liberal furibundo que ha suministrado abundante información, habla de los absolutistas como de “bárbaros y caribes”.

Así terminó por entrar en Tudela la partida de Salaberri con 500 ó 600 infantes y 140 caballos, mientras que los liberales contaron solo con 143 voluntarios que llegaron de Borja, Magallón, Agón y otros puntos, pero estos no tuvieron más remedio que replegarse a la Casa-fuerte mientras que los realistas detuvieron al ayuntamiento y presentaron a las mujeres que habían arrestado pidiendo la rendición de los voluntarios, que según Morentín no aceptaron. La respuesta de estos fue entrar en la ciudad al grito de “Viva la Constitución”, pero de nada hubiera valido si no apareciese la milicia de Soria, procedente de Tarazona. El balance fueron seis muertos (algunos de ellos fusilados) y varios heridos, llevándose preso Salaberri al alcalde primero. En la ciudad quedaron las milicias de los lugares vecinos y, poco después, llegaron 500 soldados, pero varias familias de milicianos, no fiándose, se refugiaron en Aragón. La derrota infligida por el coronel Tabuenca a Salaberri en los campos de Carcastillo alejó el peligro.

El realista Salaverri, no obstante, había entrado también en Corella, pero Morentín, que es una vez más la fuente, les hizo huir “despavoridos, han ido a ocupar las montañas”. En otro episodio en Corella participaron contra los voluntarios liberales varios clérigos, armados con palos, que les obligaron a huir a Tudela “monteando”.

Cadreita, Villafranca, Cascante, Buñuel, Arguedas, Cabanillas, Fustiñana y otros pueblos se vieron también afectados por la lucha entre realistas y liberales, así como Murchante… El general Torrijos, que ha pasado a la historia por su intentona en las playas de Málaga en el año 1831, donde fue apresado con sus compañeros y fusilado por los absolutistas, llegó a Tudela después de sufrir prisión en Alicante (1819) y ser victorioso en Cataluña (1822). Pasó por Puente la Reina, pero el autor al que sigo aquí lo considera imprudente e impulsivo. Se dirigió al Jefe Político para que destituyese a los capitulares tudelanos que resultasen sospechosos o criminales, sin ninguna formalidad legal.

Una guerra, la del trienio, en toda regla, bien documentada por Florencio Idoate para el caso de la merindad de Tudela, que en su trabajo muestra una actitud escéptica respecto de las razones de unos y otros, dando cuenta de que el movimiento liberal estaba sustentado por el ejército, mientras que la mayoría de la población era, por activa o por pasiva, partidaria del antiguo régimen.



[i] “La merindad de Tudela durante la guerra realista".
[ii] En el extremo sur de Navarra. Marcilla, al sur de Navarra.
iii Al noroeste de Navarra.
iv Al sur de Navarra, e igualmente Fustiñana y Cintruénigo.
vi Al este de Álava. Ochandiano al sureste de Vizcaya.
vi Se incorporó a la guerra de 1808 en 1812, participó en la batalla de Vitoria y en 1821 formaba parte del Regimiento de Caballería Lusitania.
viii Ha sido estudiada por Andrés Martín, cura párroco de Ustarroz, 1825.
viiii Durante el trienio huyó a Francia y, desde allí, se unió a los conspiradores de la Regencia de Urgell y del general Eguía. Mandó el ejército realista de Navarra.

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