domingo, 13 de enero de 2019

A vueltas con los jesuitas

Iglesia jesuítica de San Bartolomé
(Pontevedra)

A finales del siglo XVIII la monarquía española aceptó el regreso de los jesuitas que habían sido expulsados treinta años antes, yéndose la mayor parte a Italia, máxime teniendo en cuenta que en Parma gobernaba un Borbón, Fernando I, y otro del mismo nombre en el reino de las Dos Sicilias, aunque la mayor parte de los jesuitas expulsos se asentó en Bolonia y en Roma.

Godoy, en sus Memorias, dice que “uno de los últimos decretos que conseguí del rey… sin consultar con nadie ni más consejo que el mío propio, llamó a los jesuitas españoles a abrazar a sus familias y a vivir en paz en sus hogares”. El Decreto al que se refiere Godoy fue firmado por Carlos IV en 1797 y –según Teófanes Egido[i]- el valido les temía menos que los reyes, mientras que Azara[ii] se preocupó durante muchos años de las pensiones de los expulsos, tratando de aumentar sus asignaciones.

La ocupación de Italia por Napoleón vino a complicar aún más las cosas a los jesuitas, los cuales constituyeron un grupo de oposición a la política del que luego sería emperador. Los primeros jesuitas en regresar a España fueron los que se encontraban en Génova, llegando a Barcelona y planteando los primeros problemas (antes del Decreto). Como a finales del siglo XVIII las cosas no estaban ya en España como cuando el motín de Esquilache, Godoy y el rey se decidieron al Decreto comentado, “con la condición de que se los recluyese en conventos solitarios”. Azara escribió por aquellos años a su amigo Bernardo de Iriarte[iii] diciéndole que “el decreto de los jesuitas me ha hecho reír infinito. Es más ignominioso para ellos que la expulsión de España. Esos que han llegado a Barcelona mienten en cuanto dicen, porque no han corrido ningún riesgo y fueron echados de Génova por revoltosos que predicaban contra la nueva constitución”.    

Los jesuitas no estuvieron callados en los territorios italianos ocupados por Napoleón, a pesar de las recomendaciones de Azara, pero lo cierto es que en los dos sentidos, pues los hubo reaccionarios pero también partidarios de las libertades revolucionarias. El Decreto de 1797 repatrió a jesuitas viejos, que no podían asentarse en Madrid ni en los Reales Sitios. El jesuita Manuel Luengo, intelectual y fidelísimo de la Compañía, llegado a España dijo que estaban [los jesuitas] “confinados y encerrados en desiertos y soledades”. Según Teófanes Egido parece que fueron unos setecientos los que regresaron a España, haciéndoles responsables Juan Antonio Llorente[iv] de casi todas las tensiones registradas entre 1798 y 1801: entre otras cosas hicieron multitud de delaciones a la Inquisición, entre las que se encuentran contra la condesa de Montijo[v], contra los obispos de Salamanca (Antonio Tavira), Cuenca y Murcia, y contra los canónigos Rodrigálvarez, Linacero[vi] y otros. Entre los que volvieron y se resistieron a callarse estuvo el intelectual Hervás y Panduro, resucitando la vieja lucha entre jesuitas y jansenistas.

Carlos IV y su esposa no se sintieron cómodos con los jesuitas regresados, pues en ellos chocaban las razones humanitarias con el antijesuitismo, que el rey heredó de su padre. La prueba está en que Carlos IV se opuso a que el papa Pío VII restableciese la Compañía de Jesús en Parma y en Rusia. Consideraba a los jesuitas “subversivos”, de conducta “aseglarada” y de opiniones laxas en materia de moral. En definitiva, el ministro Ceballos firmó en 1801 un Decreto de reexpulsión de los jesuitas de acuerdo, lógicamente, con el rey. De nuevo debían embarcarse en los puertos del Mediterráneo rumbo a Italia, aunque se exceptuaba a los claramente imposibilitados. Lesmes Frías calcula que debieron salir, entre 1801 y 1802, cerca de trescientos, entre los que estaba Luengo, que llegaría a vivir la restauración de la Compañía por Fernando VII en 1814.

Por su parte, el rey Carlos IV, en su exilio romano[vii] desde 1812, confesó que había sido contrario a los jesuitas “por las muchas cosas contra ellos que le habían metido en la cabeza”, pero que estaba desengañado de ellas. Cuando a principios de 1819 murió el rey, poco después de recibir la noticia de la muerte de su esposa, se encontraba visitando a su hermano, Fernando I de las Dos Sicilias.


[i] “Vuelven los ex jesuitas”.
[ii] Amigo del ministro plenipotenciario en Roma, Manuel de Roda, estuvieron los dos involucrados en la supresión de la Compañía de Jesús por el papa Clemente XIV en 1773.
[iii] Murió en el exilio en 1814 y tuvo responsabilidades políticas, sobre todo en la diplomacia, con Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y José I.
[iv] Antiguo inquisidor, luego apóstata del sacerdocio e historiador.
[v] Ilustrada que formó en su casa madrileña una reunión para hablar de filosofía, religión, política, etc. Participó en una Junta de Damas que formaba parte de la Sociedad Económica de Amigos del País de Madrid, estando al frente de una escuela para la formación de niñas, colaboró en la redención de los presos de galeras y fomentó la formación en oficios de personas necesitadas. Ver http://www.chdetrujillo.com/la-ilustracion-en-el-condado-de-montijo-maria-francisca-de-sales-portocarrero-vi-condesa-y-su-administrador-manuel-flores-calderon/#_ftnref18
[vii] Aunque Napoleón lo situó en Compiègne, al norte de París, luego le fue permitido vivir en Niza y en Marsella, pero en 1812 se instaló en Roma, siempre con permiso de Napoleón.

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